Deseo escribir un anecdotario de caza, pesca y tiro de mi actuación deportiva, sólo con el afán de dejar un testimonio y recordatorio de los hermosos y emocionantes momentos vividos junto a mis amigos y compañeros de aventuras.” El deporte es la más pura expresión de la vocación humana,” escribe Ortega y Gaset en el prólogo del libro del Conde de Yebes, titulado “A veinte años de caza mayor”.
Mi vocación por estos deportes tiene origen atávico, pues estos deportes eran practicados por mis ancestros. Desde muy pequeño rogaba a mi padre que me llevara con él a cazar y ante su negativa por mi corta edad,(cinco o seis años), resultaba imprudente acceder a mi pedido, por eso rompía en llanto.

Cuando tuvimos más edad, mi padre cumplió la promesa de llevarnos al campo a mi hermano mayor y a mí. Fue entonces que comencé a vivir las emocionantes escenas y formarme deportivamente bajo las instrucciones de un gran maestro. Tales instrucciones comenzaron con el manejo de la escopeta, comportamiento en el campo, y en general el respeto a todas las disposiciones legales y éticas. Y como bien dijo el Dr. Guillermo Cano, autor del Código Internacional del Ambiente, “la caza y la pesca deportivas están basadas en el aprovechamiento racional de los recursos naturales renovables”. Con esta breve introducción, y sin la intensión de emular al gran Ernest Hemingway, paso a relatarles las principales anécdotas vividas durante mi trayectoria deportiva.

Anécdota 1-

Mi primera experiencia la viví cuando éramos niños. Mi padre nos llevó al campo de un amigo que le decían el Ruso, ubicado en El Tropezón. Un lugar que queda en el camino a La calera a unos diez o doce kilómetros de la ciudad de Córdoba. Era una mañana muy fría de invierno. El Ruso y su esposa nos recibieron muy amablemente y enseguida nos ofrecieron café acompañado de pan típico de Rusia. Era de un sabor dulce y tenía huevos duros en su interior, todo lo cual resultó no solo agradable sino también confortable. 
Terminada esta ceremonia mi padre les pidió permiso para ir a cazar y nos despedimos con un hasta luego. Puso en marcha el Ford T y llegamos a un pajonal, muy cerca de la casa. Descendimos junto con el Tel, un perro producto de una cruza de una braco con un pointer que resultó un gran cazador. Mi Padre comenzó el armado de la escopeta montera, de dos cañones cortos, de origen italiana, haciéndolo con las consiguientes explicaciones, que formó parte de nuestro aprendizaje. Una vez puesto la canana y el saco cazador emprendimos el camino al lugar de cacería.
No bien llegamos al lugar el Tel estaba parando con firmeza una perdiz. Mi Padre se arrimó lo suficiente y dándole la orden al perro, éste levantó el ave y de un disparo certero la abatió limpiamente.
Seguidamente le ordenó traer la presa lo que Tel hizo perfectamente. Continuamos cazando hasta encontrar un monte. Mi padre nos advirtió que orillándolo podríamos levantar alguna montaraz del rastrojo adyacente. Seguimos caminando y al terminar el monte, un poco más adelante, Tel hizo una parada espectacular. Ahí está, esa es la montaraz dijo, y en lugar de avanzar hacia donde estaba el perro, retrocedió un poco. Esto nos sorprendió a nosotros que no comprendíamos el por qué de esa maniobra. De inmediato ordenó a Tel levantar el ave que voló hacia el monte pasando justamente por el lugar donde él la esperaba, y con un tiro maestro derribó la presa. Luego nos explicó por qué procedió de esa manera: -Sabía que la montaraz cuando levanta vuelo desde la chacra busca siempre el monte, por eso busqué un claro en el follaje, imaginando que por allí podría pasar el ave. Además calculé que no llegaría a tiempo cerca del perro, y de haber podido hacerlo corría el riesgo de un disparo a muy corta distancia y destrozar la presa. 
Concluyendo, fue una demostración de pericia y experiencia que no olvidaré jamás. Cuando volvimos a la casa mi Padre bajó del auto para saludar y agradecer al Ruso todas las atenciones recibidas, quedando nosotros dos en el auto porque hacía mucho frío. De repente comenzó a moverse de un lado para el otro con bastante intensidad lo que nos produjo un susto bárbaro, pues no sabíamos el por qué. Al rato vimos unos enormes cerdos alrededor. Como el movimiento seguía nos dimos cuenta que los animales se estaban rascando sobre el chasis del auto. Asustados, pegamos unos gritos llamando a nuestro Padre quien vino enseguida junto con El Ruso. Este agarró un palo y se lo arrojó a los chanchos dispersándose despavoridos.

ANECDOTA No 2.-

La muerte prematura de mi Padre motivó la suspensión de mi práctica cinegética. A la sazón, yo tenía once años de edad y reanudé esa actividad a los 17 junto a mi tío José y tío Félix,(hermanos de mi madre), quienes también habían hecho sus primeras armas bajo las enseñanzas de mi Padre.
En ese entonces mi Madre vendió la escopeta y todos los demás elementos de cacería, incluido el Tel, a un señor Hidalgo, dueño de la chacarita Central; por esa razón comencé a cazar con una escopeta de un caño que gentilmente me prestaba Vicente Dalle Luche, socio comercial de mi Tío José. Una vez que aprendí a tirar fue creciendo mi pretensiones dándome cuenta que mi problema ahora era cómo adquirir una escopeta de dos caños a lo que todos los cazadores aspiran. 
Pasaban los días y en un diario apareció un aviso del Banco de préstamo o Monte Pío anunciando el remate de una escopeta calibre 16 de dos cañones, entre otros elementos de oro. El día del remate me presenté llevando un poco de plata y muchas ilusiones. Era la primera vez que participaba en un remate y vi como se disputaban las piezas de oro, hasta que salió a remate la tan ansiada escopeta. Era una BAYARD, de fabricación belga. Una marca famosa y muy conocida y apreciada en aquellos tiempos por los cazadores. La puja se produjo con el judío, conocido personaje acaparador de oro. Como vio que yo tenía interés en el arma, desistió en seguir elevando la oferta y me dejó a mi con la escopeta.

ANECDOTA N* 3.- 

Las sucesivas anécdotas no llevan un orden estrictamente cronológico; pues las relataré a medida que surjan en mi memoria.
Ya con mi escopeta Bayard, no veía la hora de probarla en el campo. Enseguida me comuniqué con Polo Vizari, amigo y vecino, y previo un comentario del motivo de mi llamada, programamos una partida de caza en la Lagunilla, campos del Ing. Fleurént. Junto con mi hermano Armando iniciamos ese domingo a la madrugada el viaje hacia el mencionado lugar. En la Lagunilla nace nuestra “Cañada“. que cruza la ciudad de Córdoba de noroeste a sudeste, hasta desembocar en el río Suquía. A ese lugar iba a cazar nuestro Padre al que se trasladaba en sulki o jardinera porque queda muy cerca de la ciudad, (unos seis o siete kilómetros.) Apenas llegamos fuimos a entrevistar al encargado que ya conocíamos de antes. Después de intercambiar saludos y entregarle la botella de ginebra que agradeció varias veces nos dispusimos a armar las escopetas. Polo me pidió la mía y luego de manosearla y mirarla un rato me dio el visto bueno. Cada cual llamó a su perro; Polo al Rengo, yo a la Lady y mi hermano a la Katia Después de discurrir sobre las direcciones a tomar cada uno, Polo dijo: “Vo sabí Pepe que mi especialidá é el monte “. Mi hermano y yo fuimos orillando el monte por la chacra y Polo, como dijo anteriormente, se introdujo en él monte. Mi hermano se separó de mí unos veinte metros y así comenzamos a cazar. Enseguida Lady tomó una emanación y dije para mis adentro: por la forma de parar esta es una montaraz. Efectivamente, al dar la orden se levantó y voló hacia el monte; encaré el arma y disparé, pero el tiro fue un poco abajó y “le bajé las patas”, como se dice en el jerga cazadora. Después vinieron las reflexiones. Por qué el tiro fue bajo sabiendo que el ave va hacia arriba. Además no me dió tiempo de corregir el tiro porque enseguida desapareció en el monte, o simplemente porque la escopeta es nueva para mí y tengo que adaptarme mas a ella y experimentar. O la culata es un poco baja por eso el disparo también resulta bajo. Además tendré que probar el plomeo en la plancha o en un cartón y ver que choques tienen ambos cañones. Todas esas preguntas y reflexiones hacía mientras caminaba detrás de Lady que me dedicaba otra hermosa parada.Tomé distancia y esperé que levantara vuelo. Cuando lo hizo encaré el arma dirigiéndola hacia la presa que buscaba el monte. Una vez que la tuve en la mira, “ corrí la mano “ adelantando el disparo que dió en el blanco; pero antes había levantado la cara dándole un cuarto de banda. Ahí recordé el dicho: “Los caños disparan pero la culata pega “.Esto sugiere que debo levantar un poco la culata y revisar su “Pich”. Luego del cobro de varias piezas más retornamos al auto. Polo ya había regresado y encendido el fuego para hacer el asado, y allí comenzaron los comentarios de rigor. Cada uno mostró lo que había cazado. Polo mostró las seis montaraces que estaban en su cogotera y “peinándolas“ suavemente dijo: “ Vó sabí Pepe, lo tiro difícil que hice,” saltaban como resorte estas desgraciadas “.Después de degustar en rico asado del cual también participó don Toranzo, capataz de la estancia, y disfrutado de una hermosa jornada deportiva, y habiendo presentado en sociedad mi Bayard, emprendimos el regreso a casa, no sin antes agradecer y saludar al encargado del campo.

ANÉCDOTA N° 4: 

El comentario de la cacería relatada en la anécdota anterior ante mi Tío Félix, lo entusiasmó tanto que nos pidió que lo lleváramos a cazar en ese mismo lugar. Aceptamos y lo programamos para el domingo siguiente. Armando (apodado Titi) no tenía todavía escopeta por esa razón le volvimos a pedir prestada la de un caño a don Vicente. Llegamos a la La Lagunilla y luego del protocolo de cortesía con el encargado, nos fuimos a cazar, yo con la de un caño y Titi con la Bayard. El Tío Félix tenía una escopeta de origen belga de dos cañones calibre l2, usada, que le había regalado su hermano José. A la primera parada de la perra Lady, le dije que le tirara él a lo que gustoso accedió. No bien se levantó la perdiz le disparó los dos tiros, no obstante habiéndola derribado con el primer disparo. Enseguida le hice notar lo que había hecho, y muy suelto de cuerpo me dijo: Que voy a hacer, esa es mi costumbre. Entonces le dije, por qué no prueba tirar con mi escopeta de un caño para ver si es como usted dice y él aceptó no muy convencido. Lady tomó otra emanación a cabeza alta: ahí la tiene le advertí y otra vez apenas el ave emprendió el vuelo hizo el disparo, buscando ansiosamente con el índice el otro disparador . El disparo esta vez no dio en el blanco y si lo hubiera hecho, a esa distancia la presa estaría totalmente destrozada. Queda evidenciado entonces que efectivamente “estaba mal acostumbrado a hacer siempre los dos disparos, aunque con el primero la hubiere derribado. Y ahora recuerdo que con razón mi Padre le decía: “Vos Félix si no dominas tus nervios y tu temperamento, no aprenderás nunca a cazar bien”.

ANÉCDOTA N° 5:

Lady fue uno de los mejores perros que tuve. Sin embargo, debo confesar que me costó mucho hacerle traer. Sabemos que el pointer, raza a la cual pertenecía ella, no aporta por instinto, como el braco u otros retriever, como por ejemplo el Labrador o el Golden Retriever. Lady desde cachorra recibió todo tipo de enseñanza, al lanzarle la pelota de trapo rellena de pluma de perdiz, llegaba hasta ella pero no la tomaba para traerla. Eso lo intenté numerosas veces sin éxito, hasta que un día se me ocurrió ponerle un hueso de pollo fresco dentro de la pelota. Al arrojársela fue corriendo tras ella, la tomó y la llevó a su cucha. Esa maniobra la repitió varias veces con mi consentimiento. La próxima vez le tiré la pelota y la esperé en la puerta de su cucha. Allí se encontró conmigo y no pudo entrar a su “casita” para comer el hueso. Le retiré la pelota de su boca suavemente y con mucha paciencia, la acaricié varias veces diciéndole: “Muy bien, Lady!”. Repetí la prueba varias veces, premiándola con un bizcocho dulce. Aprendió tan bien el oficio de aportar, que cuando le tiraba la pelota yo me escondía y ella me buscaba y cuando me encontraba me la daba en la mano. Hasta le enseñé a traer dos pelotas. Primero traía la que ella vio; luego la otra, señalándole con la mano en alto en qué dirección debería ir para buscarla. Esta enseñanza sirve para cuando uno hace un doblete y cobra las dos piezas que, como veremos más adelante, ocurrió en la práctica.
Mi tío Félix fue el testigo presencial de este acontecimiento. Ocurrió en Santiago Temple, en cuya ocasión íbamos juntos cazando en una chacra orillando un monte. De repente Lady hizo una hermosa parada, resultado de la cual se levantaron estrepitosamente dos montaraces. Una voló hacia adentro de la chacra y la otra en dirección al monte. Con toda buena fortuna hice el doblete. Lady fue a traer primero la que vio caer en la chacra y, luego de entregármela, le di la orden de traer la otra, indicándole con la mano en dirección al monte. Inmediatamente emprendió el galope hacia la dirección señalada. Se metió en el monte y al rato vino con la montaraz en la boca. “Te juro Pepe, que si no lo hubiese visto no te hubiese creído”, comentó después mi tío, realmente emocionado. Con esa perra cacé hasta su muerte que se produjo doce años después.
Recordarla en este momento es el mejor homenaje que puedo brindarle a mi fiel compañera de cacería.

 

ANÉCDOTA N° 6:

Black Beler, Ingeniero agrónomo, tenía campos en Costasacate,y era cliente del negocio de mi tío José. Al mismo tiempo cultivaron una amistad que le permitió solicitarle permiso para ir a cazar. Además de ser una persona distinguida, era sencillo y accesible al diálogo - yo también lo conocía porque en aquel entonces trabajaba en el negocio de mi tío. Todo eso hizo posible que le concediera el permiso solicitado. Y allá fuimos el siguiente domingo. El grupo de cazadores lo constituían el tío José, el tío Félix, mi hermano Titi, mi primo Chiche y yo. El Ingeniero y su señora nos recibieron muy amablemente invitándonos a almorzar con ellos. Luego dispusimos ir a cazar, unos por un lado y otros por otro. La cacería se presentaba proficua, pues había bastantes perdices y algunas liebres. Después de un largo recorrido por el campo, Titi y yo nos encontramos con los tíos y el primo. Allí nos dimos cuenta de que el tío Félix estaba cazando con una escopeta calibre 36 (o l2 chico, como suelen llamarle) que le había prestado Mr. Richarson.Después de los obligados comentarios, volvimos a desparramarnos advirtiendo con sorpresa que dos cazadores, extraños al grupo, estaban a unos ochenta metros y venían caminando hacia nosotros. En ese preciso momento le sale una liebre a mi tío Félix quien, ni lerdo ni perezoso, le mandó los dos tiros que fueron un poco atrás, lo que le permitió al animal seguir corriendo en dirección a los dos cazadores furtivos. Detrás de la liebre también salió corriendo mi tío que, al grito de “va herida, va herida”, la liebre se fue acercando a los intrusos cazadores, quienes no dudaron en descerrajarle sendos disparos, que tampoco dieron en el blanco, hasta que los perros lograron apresarla. Mi tío llegó jadeante por el maratón efectuado y dirigiéndose a los dos individuos, les dijo que esa presa le pertenecía porque él le tiró primero y ya estaba herida, por eso los perros la agarraron. “Pero nosotros le tiramos dos tiros, dijeron ellos.
Cuando llegamos, nosotros alegamos a favor de mi tío haciéndole notar que los dos tiros fueron errados y que ellos estaban cazando furtivamente porque no tenían permiso del dueño del campo. Cabe señalar aquí que el Código Civil, cuando se refiere a “la forma de apropiarse de los animales salvajes” establece, entre otras cosas, que “el animal que se va herido aunque después lo cace otra persona, pertenece al que primero lo hirió”. De modo que también desde el punto de vista jurídico, el tío Félix tenía razón. MORALEJA: “Nunca hay que cazar con escopeta de calibre tan chico porque la presa puede quedar mal herida y sin poderla cobrar “. Y además eso sería anti-deportivo.

ANÉCDOTA N° 7:

Como el Ingeniero Black Beler insistió en que podíamos volver a cazar cuando quisiéramos, el tío José, por lo bien que nos había ido, programó una nueva partida de caza en Costasacate, para la cual, además del grupo anterior, invitó a Mr. Richarson.
Al llegar a la casa de campo y luego de los saludos de práctica, nos sugirió ir a cazar en los campos de su cuñado que quedaban un poco más al sur, en el pueblo llamado Rincón. Y allá fuimos. El dueño del campo nos recibió muy amablemente al saber que nos mandaba el Ingeniero. Mr. Richarson me pidió ayuda porque no podía armar su escopeta; cuando me acerqué vi en qué estado estaba el arma; le pregunté qué tiempo hacía que no la usaba, etc. pues tenía herrumbre por todas partes. Era una hermosa escopeta inglesa fabricada en Birmingham, calibre l2, especial para el tiro al pichón, que le regalaron a su padre antes de venirse a la Argentina, junto a una escopetita calibre 36 para la hija. La firma que la fabricó y se la regaló era nada menos que Holland y Holland, una de las más importantes fábricas de armas de Inglaterra. Cuando le pregunté si la quería vender, me dijo que no, porque era parte de una herencia y que su hermano se la disputaba. Previo a una buena limpieza y lubricación con “tres en uno” que siempre llevo en el auto, pude armarla y entregársela. No bien nos fuimos a cazar, cada uno por su lado, escuchamos la detonación de un fuerte disparo y los gritos de Mr. Richarson diciendo: “Mira Félix, un liebre, yo cazó un liebre!”. Mi tío que estaba cerca y vio todo, le dijo en tono bajo: “No Mister, eso no es una liebre, es un conejo de la casa!”. Entonces Mr. Richarson, entre arrepentido y asustado, lo quiso esconder debajo del saco, pero ya era tarde. El dueño del campo, que sintió la fuerte detonación muy cerca de la casa, presintió que algo raro pasaba y salió enseguida viendo cuando recogía la presa. Pablo, que así se llamaba, le dijo muy amablemente pero en tono enérgico: “Pero amigo, usted me ha matado el conejo que tenía como padrillo!”. Y Richarson, disculpándose, le entregó la prueba del “delito” y argumentó: “¡Era muy parecido a un liebre!”

ANÉCDOTA N° 8:

En la década de los 4º se produjo una fuerte sequía que hizo peligrar la apertura de la temporada de caza. Nuestra pasión pudo más que el pesimista diagnóstico, y programamos una partida de caza en Santiago Temple, aprovechando la relación que hicimos con un cliente del restaurante San Martín, llamado Zenón Díaz, quien tenía un campo en dicha localidad.
Además del grupo de cazadores que habitualmente solíamos ir a cazar, se incorporaron Mr. Richarson, y mi hermano Ricardo. Como éramos muchos, mi tío José le pidió prestado el furgón que el señor Batistón utilizaba para hacer el reparto de quesos y fiambres de la firma santafesina
“El Trébol, de la cual era gerente en Córdoba, quien gustoso accedió con la condición de que él condujera.
Para ello, Bastitón hizo limpiar y condicionar el furgón, sin embargo los olores a queso y fiambre, además de los que despedían los seis perros que llevábamos con nosotros, no se fueron y tuvimos que soportarlo todo el viaje. Antes de llegar al campo, tuvimos que atravesar varios guadales que inundaron de tierra el interior del furgón. Cuando bajamos, los rostros de todos nosotros estaban irreconocibles. Fue entonces que Mr Richarson, con el termo en la mano, me ofreció un café que yo inmediatamente acepté para mitigar el frío que hacía. ¡Oh! sorpresa, al primer trago lo devolví, en vez de café era sopa inglesa.Una buena broma, dije, la que fue festejada por todos.
Don Zenón nos recibió muy complacido, pero al mismo tiempo se quejó por la tremenda sequía que azotó al campo; su señora lo acompañó diciendo: “años crueles, señor”. 
Eso lo pudimos corroborar cuando fuimos a cazar. Fue un fracaso total. No obstante pasamos un día ameno y divertido. Y parafraseando a Ortega y Gaset: “No importa si no cazamos, lo importante es saber que estamos cazando”.
ANÉCDOTA N° 9:
El 1° de mayo, además de la apertura de la temporada de caza, festejábamos siempre el cumpleaños de mi hermano Ricardo, quien varias veces formó parte del grupo de cazadores. René, la señora de Titi, era la encargada de hacer la torta para festejarlo. Fuimos al campo de Velante, un señor amigo de mi hermano Humberto, al norte de Chañarito, camino a Buey Muerto. La barra la constituía: mi tío Félix, Ricardo, José Testa, Santiago Torán, Luisito Ferraris, Titi, Humberto y yo. Hicimos el viaje en dos autos: el Ford 37 de Ricardo y el Ford 36 mío. Velante se mostró muy complacido al vernos llegar y nos recibió muy amablemente. Luego de un breve comentario relacionado con el campo y dónde podríamos ir a cazar, nos dijo: “Por todo el campo, menos donde está la hacienda pastando”. Cada uno se dispuso a armar su escopeta; yo, la Fiat Beretta que recientemente le había comprado a Guerino Bizzochi, dueño de la Armería del Mercado. Era una escopeta robusta, con “full choke” en los dos caños, lo que permitía obtener una rosa más concentrada a larga distancia. Eso es muy usual en Italia, donde las aves de caza son muy escasas y se levantan un poco más lejos. Mi Bayard pasó a las manos de Titi. 
La mañana se presentaba muy fría y con una densa neblina lo que hacía peligroso salir a cazar en grupo. No obstante la advertencia, Ricardo y Santiago se fueron a cazar. Enseguida se oyó un disparo y un grito de alegría de Ricardo; había derribado una montaraz, que al traerla y entregársela el perro, comprobó que era albina. Es raro pero probable en otros casos, que todavía los biólogos no han sabido determinar fehacientemente su causa. Algunos dicen que es producido por la vejez del ave y otros, por su propio metabolismo.
Una vez despejada la neblina, salimos Titi, Luisito y yo a cazar, mientras que José Testa y mi tío Félix, se quedaron para hacer el asado. Cuando regresamos los sorprendimos comiendo huevos al compás del cacareo de las gallinas y Testa diciendo a viva voz y eufórico: “Zío, sírvase, de la fábrica al consumidor “! Esa picardía, además de producir hilaridad mereció nuestra reprobación.
ANECDOTA N° 1º
La Káiser es el icono emblemático de la industria automotriz de la Argentina e indirectamente de muchas otras industrias en Córdoba que se desarrollaron al influjo de ella. Junto a esta fábrica vinieron de Estados Unidos, varios Ingenieros, entre ellos el Ing. Gallego, quien se hizo muy amigo de Santiago Torán a la vez compañero mío de cacería. De allí surgió la idea de armar una partida de caza, pues el Ingeniero también era aficionado a este deporte. Dispusimos ir al campo del Brigadier Enemark que poseía en S. Temple, no sin antes obtener el correspondiente permiso gestionado por mi cuñado Emilio, potencial yerno suyo en aquel entonces. Y allá fuimos. Al llegar saludamos al encargado del campo a quien le di el permiso que por escrito nos extendió el brigadier. Al bajar de la “cross country“ me llamó la atención el perro del Ingeniero y le pregunté de qué raza era, y me respondió: Weimaraner, Pepe y se llama Duck , y contándome su performance en EU, me dijo que fue un gran campeón de prueba de campo de la caza del faisán y obtenido varios trofeos en distintos concursos. Era el primer ejemplar que entraba a la Argentina. Enseguida pensé para mis adentros: “apenas llegue a mi casa me meteré de cabeza en la enciclopedia canina que poseo para averiguar el origen de esta raza.” Así fue, que de los libros consultados, obtuve la siguiente información: el Weimaraner tiene su origen en Weimar, condado del norte de Alemania, y fue creado como perro de todo terreno, es decir para caza mayor y menor. Terminada la segunda guerra mundial unos oficiales norteamericanos lo llevaron a Estados Unidos.” 
Después comenzó el armado de las escopetas. Santiago, su semi-automática marca Rémington, pero él la llamaba “ Rémington Rand “, igual que las máquinas de escribir.Estábamos cazando y noté que el Duck se mostraba indiferente sin obedecer la orden de buscar que le impartía su amo y éste renegaba. Entonces me fui acercando y le pregunté si alguna vez el Duck había cazado perdices y me contestó que no. Entonces le dije que no se preocupara, que esa era la razón por la cual no quería cazar, pues solo conocía el faisán. Ahora vamos a cazar juntos para hacerle conocer la perdiz y sepa buscarla. Lady hizo una parada firme y le dije que se arrimara con el Duck hacia la perra que estaba parando, sin advertir ningún gesto de él, no obstante animarlo a encarar. Al derribar la presa Lady la aportó mientras Duck miraba atentamente. Entonces con la perdiz en mi mano se la mostré varias veces haciéndole tomar su olor. Después repetimos la operación arrojándosela para que la trajera sin obtener respuesta.Le dije que todo eso lo hiciera él porque el perro lo conocía más que a mí, lo que dió buen resultado, a tal punto que en la próxima parada de Lady, Duck apadronó, y al derribar la pieza los dos perros salieron corriendo para traerla. Entonces le dije: el Duck está listo para que siga cazando contigo. Así lo hizo y el Duck dio clara muestra de su clase de cazador y el Ing. Gallego no se cansó de agradecerme.
Al término de la cacería los comentarios fueron fructíferos y halagadores, pues obtuvimos buenas presas y gozamos de las excelentes actuaciones de los perros, además de saborear un riquísimo asado que Santiago, como buen carnicero, tubo el gusto de llevar. 

ANECDOTA N° 11 
En el ánimo de la barra de cazadores existía las ganas de cazar la perdiz de alas coloradas, un ave perteneciente a la familia de los tinámidos, de gran tamaño, y muy vistosa por su plumaje ( su peso alcanza el kilo y medio y más); habita en lugares húmedos como el sur de Córdoba, La Pampa, norte de Buenos Aires, norte de Santa Fe y Entre Ríos.
En ese entonces mi hermano Armando estudiaba medicina con un compañero llamado “Cuqui” Guglielmi, cuya residencia era el pueblo de Gral. Cabrera. Por intermedio de Cuqui conocimos a Nino Canevarolo, experimentado cazador de coloradas. Nino, también residente en Cabrera,( era el padre de Bety, novia de Cuqui.) Así fue como, previo contacto con Nino, concertamos una cacería en Monte de los Gauchos, que queda al sur de Reducción y en línea recta con Cabrera, pasando por el Callejón de los Cuatreros, un tramo de camino solitario e inhóspito y lleno de carcabones. Sus características y los actos de cuatrerismo le dieron su nombre.Los participantes de esta partida eran: de Córdoba, Polo, mis hermanos Ricardo y Armando y yo; y de Cabrera, Nino y sus tres amigo. A Cabrera llegamos un día sábado a la tarde a la casa de la familia de Cuqui quien nos presentó recibiéndonos efusiva y amablemente. Luego de una amistosa charla en la que también participó Nino y Bety y café de por medio, nos ofrecieron hospedaje en la propia casa, estimo esto, retribuyendo atenciones de Armando hacia Cuqui en Córdoba. Don Enrique Guglielmi terciaba en la conversación, y dirigiéndose a Bety, repetía,:digo bien? “ Esa misma noche programamos salir al día siguiente a la madrugada rumbo a Monte de Los Gauchos. Como dijimos, esa mañana emprendimos la marcha hacia Reducción y luego por el Callejón de los Cuatreros para llegar a nuestro destino. Yo había observado que en el ford modelo 36 de Nino, igual que el mío, llevaba una cantidad de repuestos; hasta dos tablones para hacer puentes. Este hombre era tan previsor y conocedor del lugar que luego lo corroboramos porque tuvimos que utilizarlos varias veces para cruzar los carcabones encontrados en el camino. Era realmente desolador, interminable, un verdadero páramo pampeano. A ambos lados, el tendido de un cerco de cinco alambres; y de vez en cuando y a lo lejos se veía un grupo de hacienda y algunos ñandúes salvajes.
Por fin llegamos al lugar. A unos quinientos metros desde donde habíamos dejado los autos se divisaba el casco de la estancia. Nino dijo que ya tenía el permiso acordado, que entráramos tranquilos al campo. Así lo hicimos y rápidamente los cazadores se distribuyeron. Yo, mientras armaba la escopeta, observé que Lady al retozar, caminaba con dificultad. La llamé y comprobé que tenia los pies llenos de rosetas. También me di cuenta que el Dick, el perro de Nino, acostumbrado a este terreno , no le incomodaban las tan odiosas malezas. Entonces decidí caminar por el camino que lleva a la casa , presumiendo que alguna emanación iba a tomar la perra. Habré hecho unos cien metros, Lady que iba a medio viento, hizo una brusca y nerviosa parada; era la primera vez que ambos cazábamos una ala colorada- En esa forma y antes de llegar a la casa, yo había logrado cuatro hermosos trofeos gracias a la labor sacrificada e impecable de Lady porque la veía sufrir al efectuar la entrada al rocetal después de cada parada. Y por que no, a la buena fortuna mía al elegir el camino que con gran satisfacción y alegría lo desande hasta el auto. Mientras esperaba a los demás, comí una mandarina, (la fruta del cazador) y sacié mi sed y la de Lady. Después de un buen rato llegaron los demás compañeros, algunos con cara de alegría y otros no tanto. Nino cazó cinco, los otros algunas. Terminada la cacería y con la satisfacción de haber vivido un hermoso día, emprendimos el regreso, con la intención de volver a hacer otra cacería de colorada. Ahí nomás la armamos. Iremos a Huanchilla, dijo Nino, que ya tenía un buen dato. Yo pongo mi auto, dijo entusiasmado Ricardo. Para el día fijado preparamos todo lo necesario y fuimos a parar nuevamente en la casa de don Enrique Guglielmi en General Cabrera y de allí, junto con Nino Canevarolo, rumbo a Adelia María donde pernoctamos para salir a la madrugada con dirección a Huanchilla. Esa noche llovió, pero al amanecer se despejó dejando un día radiante y un camino arenoso planchado. Habremos hecho la mitad del camino y faltando unos veinte kilómetros para llegar a destino, encontramos un charco de aproximadamente diez metros de largo, que abarcaba todo el camino y Nino dio la señal de parar. Luego de deliberar un rato y analizar la profundidad del charco, Nino dijo: no es muy profundo, además el terreno está muy firme; primero intentaré pasar yo, lo que hizo sin ningún inconveniente. Yo no paso dijo enfáticamente Ricardo; y le respondimos casi a coro: como no vas a pasar si ya Nino lo hizo sin ningún problema con voz nerviosa y tremulante dijo empecinadamente y sin entender razones: ¡Volvete Ricardo Masini! ¡Y nos tuvimos que volver todos!
Después de haber hecho más de trescientos cincuenta km. fue una pena no poder realizar la partida de caza, que como nos dijo Nino, quien fue el domingo siguiente, resultó realmente fructífera. Con las disculpas de rigor y agradeciendo todas las atenciones recibidas de su parte y de la familia Guglielmi, nos despedimos de ellos.

ANÉCDOTA N° 12
Santiago Temple, según don Zenón, después de la sequía, con dos años muy lluvioso se había recuperado notablemente, poblándose nuevamente de perdices, por cuya razón organizamos una gran partida de caza para el primero de mayo, apertura de temporada y cumple de Ricardo. Al día siguiente, o sea el dos de mayo de 1953, tendría lugar mi compromiso matrimonial con mi actual esposa. Todo se presentaba de mil maravillas y nada presagiaba lo que iba acontecer. El tío José llevaría la comida y demás vituallas, y el tío Félix su continua conversación, al punto que alguien dijo “ que agarraba la palabra cuando partíamos y la largaba recién cuando llegábamos”.
A los cazadores habitué se agregaron algunos invitados especiales, tales como Luís Eduardo Oviedo y un tal Bózoli, por eso tuvimos que ir en tres autos , el de Luís Eduardo, el de Ricardo y el mío. El auto de Luís Eduardo era un chevrolet abierto y Bózoli que iba en él, se abrigaba poniéndose encima del cuerpo su perra de caza.
Llegados a la casa de don Zenón y previo a los saludos de práctica dispusimos ir a cazar. El día se presentaba frío y nublado. Titi, que no tenía perro por entonces, se acopló a mí, dirigiéndonos hacia el noroeste en busca de alguna chacra. Al cruzar un camino encontramos un hermoso monte al lado de una chacra y dijimos al unísono: por aquí tiene que volar alguna montaraz. Efectivamente, no alcanzamos a pronunciar la última palabra cuando el Ford, que así se llamaba el perro que yo tenía en ese entonces, cuya raza y procedencia la contaré en otra oportunidad, levantó una. Al derribarla, con el disparo se levantaron varias de mas adelante metiéndose en el monte sin poderle tirar y dispusimos entrar al mismo. Fue mala idea porque al rato se produjo una fuerte cerrazón con una densa llovizna, y muy poca visibilidad. Caminamos un trecho en dirección que presumíamos correcta hasta que, divisando un corpulento eucalipto, exclamé: estamos cerca de la salida, ese es el árbol que vimos al entrar al monte. Mientras apurábamos el paso escuchamos las bocinas de los autos llamándonos. Cuando llegamos ya se habían ido sin esperarnos. Nos despedimos de don Zenón y al dejar el camino de huella y tomar el principal de tierra abovedado, notamos que habían pasado recientemente la “champion“ y así la tierra removida, se había convertido en un lodazal. No obstante, peludeando sobre el lomo del camino y llegando solo a diez kilómetros del pueblo, encontramos un camión empantanado en medio del camino lo que nos obligó a detenernos. Si hubiésemos intentado desviar para pasarlo, nos hubiéramos caído a la cuneta y entonces si que no saldríamos más.O salimos todos o no sale nadie, dijo el camionero, airadamente. Mientras el tiempo transcurría puse en marcha el auto con la intención de volver hacia atrás, en busca de un camino de huella que yo recordaba y que conducía al pueblo pero las ruedas traseras se hundían cada vez mas y patinando levantaba gran cantidad de barro salpicándolo íntegramente a mi tío Félix, que de comedido quiso ayudarme a despegarlo agarrando el paragolpe trasero. Así estuvimos un largo rato hasta que con el camionero hicimos un pacto de recíproca solidaridad. En mi auto se agotó la batería, de modo que entre todos tuvimos que empujarlo hasta encontrar el camino salvador. Mi tío Félix estaba muy cansado y para caminar y no resbalarse en el barro, se apoyaba en el hombro de mi hermano Pipín. El camionero puso en marcha el camión y con la ayuda nuestra llegamos también al camino de huella, acomodándolo delante del mío para así atarle un tráiler y poderlo remolcar. Resulta que ningunos de los dos teníamos tal tráiler, así que tuvimos que armar uno con alambre de púa que sacamos de un cerco contiguo y a la luz de una linterna lo atamos al eje de mi auto. A todo esto eran las once de la noche y por mi mente circulaba nerviosamente el compromiso que inexorablemente debía realizarse al día siguiente, pensando además en la preocupación y angustia de Luchy. Tuvimos suerte, porque al poco tiempo de que el camión emprendió la marcha a gran velocidad se cortó el alambre justo cuando el motor de mi auto se puso en marcha y así pudimos regresar a nuestros hogares a la una de la mañana del día siguiente. El camionero siguió viaje sin advertir o no importarle lo que había sucedido. Antes de tomar el baño le hablé a Luchi para consolarla y contarle lo ocurrido, y todo quedó en paz. Felices y contentos después del mal trago, ese día pudimos brindar.

ANÉCDOTA N° 13
Sturniolo, alias el “finito” era un amigo del barrio Alberdi que insistía en salir a cazar con nosotros, hasta que un día, que no teníamos programada ninguna partida, le acepté la invitación. Me dijo que iríamos en un ford T que su hermano había comprado recientemente y que estaba en muy buenas condiciones. Le comenté a mi hermano Armando y el también aceptó el envite. A las seis y media de la mañana ya estaban en mi casa con toda puntualidad. Nuestra sorpresa fue mayúscula cuando vimos el auto, porque en vez de su capota original le habían improvisado una de arpillera; para colmo el día se presentaba nublado y frío con probabilidad de lluvia. Mal comienzo, dije para mis adentros y entre bromas y risas emprendimos la marcha hacia Costasacate. Antes de llegar a Pilar se largó el aguacero previsto y llovía más adentro que afuera. Al tomar el camino que en aquel entonces era de tierra comenzamos a peludiar. Se había tornado jabonoso. Eso y la poca pericia del conductor, provocó las caídas varias veces a la cuneta de la cual, con gran esfuerzo pudimos sacarlo. A fuerza de coraje y paciencia llegamos a una parte del campo del Ing. Black Beler que da a la vera del camino. Ahí quedamos, porque el camino de entrada a la casa estaba inundado y era imposible transitarlo. Eran las once de la mañana, cuando notamos que la lluvia comenzó a amainar hasta parar y decidimos bajar para intentar cazar. Lo hicimos Titi y yo, porque ninguno de los otros dos compañeros eran cazadores; entramos con mi perro, y mientras escuchábamos un concierto de silbido de las perdices, característico cuando llueve, el Ford hizo una hermosa parada y la perdiz levantó un vuelo pesado y rasante porque estaba mojada, ofreciendo un blanco fácil. El buen trabajo del perro y la abundancia de perdices en esas condiciones permitieron cobrar diez presas sin errar un tiro. Con esa cacería y las que cazó Titi, fueron suficientes para quedar bien con los hermanos Sturniolo quienes agradecieron nuestra gentileza. Lo lamentable fue que no pudimos hacer el tradicional asado.Menos mal que llevamos unos buenos salamines y un buen pedazo de queso, con los cuales saciamos nuestro apetito y enseguida emprendimos el regreso porque continuó lloviendo....y “peludiando“ nuevamente, pudimos tomar el camino asfaltado y llegar a nuestros respectivos domicilios.
ANÉCDOTA N°14
Nunca es suficiente lo que se diga alabando a nuestros perros de caza. Cuantas veces hemos escuchado decir exageradamente “ a mi perro solo le falta que hable”, pero es una forma metafórica de expresar sus proezas y manifestar su inteligencia. Es verdad y está demostrado, que los perros no están dotados de raciocinio, pero si de inteligencia e instinto
A eso yo personalmente lo he comprobado con mis perros. A continuación paso a relatar algunos casos. Cuando yo quedé sin perro, Julio, un primo mío, me trajo uno de ignota procedencia, cuya raza deduje que sería producto de una cruza de braco alemán y pointer por el pelaje y su estructura. Tendría unos cuatro o cinco años y como no sabíamos el nombre, le puse Ford. Ese día le di abundante comida y agua dejándolo en un confortable canil. A los dos días al llegar del trabajo a mi casa recibí la mala noticia de parte de la empleada que el Ford se había escapado y tomado la calle . Con un poco de tristeza y resignación, traté de olvidar lo sucedido. Esa misma noche, mientras mi hermano Armando y un compañero llamado Victoriano de la Arena estaban estudiando para rendir la última materia de medicina, me llamaron atemorizados porque habían escuchados un ruido como si alguien quisieran entrar por el portón del garaje; entonces traté de mirar por la celosía de la ventana que da a la calle sin ver a nadie. Era casi la una de la mañana cuando se repitió el ruido, y me asomé nuevamente y tampoco vi a persona alguna. Al rato oímos el quejido de un perro. Era el Ford que quería entrar. Sin hesitar le abrí la puerta de calle y de un salto se me tiró encima y yo lo abrasé con alegría, como si fuera el hijo pródigo que había vuelto a su hogar. Creo que fue un gesto de gratitud y fidelidad de su parte que no olvidaré jamás. 
ANECDOTA N° 15
Una noche nos reunimos en la casa del tío José para organizar una cacería que tendría lugar el domingo siguiente en Rafael García, en un campo del “turco” Pedro conocido de Pedro Falco, un amigo de mi tío, que también había ido a la reunión con el mismo objetivo. Falco tenía una chatita capotada Ford A, en cuyo auto irían el tío José, el tío Félix y el Chiche. Y en el chevrolet cerrado modelo del año 3º, que yo había comprado recientemente, mis hermanos Titi y Ricardo y Polo.
Habíamos quedado de común acuerdo en partir el domingo a las seis de la mañana desde la casa del tío José todos juntos porque Falco iba a hacer de guía ya que era el único que sabía donde quedaba el campo del turco Pedro. Cuando llegamos puntualmente, poco antes de la seis, ya se habían ido sin esperar un minuto. Entonces dispusimos partir con rumbo a R. García, teniendo como única referencia que “ al cruzar el puente antes de llegar a Despeñadero, teníamos que tomar a la izquierda, “ según comentaron en la reunión. Teniendo presente lo dicho, al pasar el puente tomamos a la izquierda introduciéndonos en el pueblo. Enseguida nos dimos cuenta de que ese no era el camino correcto. Cerca había una estación de servicio y nos bajamos para preguntar cual era el camino a Rafael García y si conocía el campo del turco Pedro; a lo que respondió; ¿cual turco Pedro?. En R. García hay como diez turco Pedro. Y ahí fue cuando se nos vino el alma al suelo. No importa; díganos como tomar el camino y nos arreglaremos para llegar. Bueno, antes de llegar a la alcantarilla, (no el puente como dijo Falco), doblen a la derecha, allí está el camino. Al llegar paré de golpe y recordando los dibujos de la goma colorada de la derecha trasera que me había llamado la atención, viéndola cuando estuvo estacionado frente a la casa de mi tío José, bajé para hacer el rastreo, exclamando ¡ son ellos, sigamos la huella !
Emprendimos nuevamente la marcha siguiendo la huella, teniendo cuidado de revisar cada desvío del camino y tranquera de entrada a ambas manos. Después de hacer esa operación en más de ocho veces descubrimos que la huella indicaba que habían entrado a un campo a la derecha. Siguiendo ese camino llegamos a la tan ansiada casa del turco Pedro. Allí estaban, junto a la chatita de Falco el Chiche y el tío Felix quienes con cara de sorprendidos y culpables nos dijeron: ¡Como han hecho para llegar hasta aquí ! No sin antes recriminarles la falta cometida le contamos toda la peripecia. Luego llegaron el tío José y Falco repitiéndose la escena. El hielo lo rompió el tío Felix, quien arrimándose nos confidenció que en un porotal había vaciado la cartuchera y solo había cazado cinco perdices, indicándonos donde quedaba. Para allá fuimos; efectivamente, apenas llegamos el Ford paró en seco y se levantaron dos perdices que me dieron una hermosa oportunidad de hacer el doblete, mientras tanto Titi derribaba una tercera. Ricardo cazaba mas a la derecha nuestra con la Vicky, una perra pointer marrón que le había pasado Titi. Enseguida cada uno completó la cuota. La abundancia de perdices se explicaba porque a la par del porotal se desplegaba a todo lo largo un gran pajonal que hacía de criadero y como estaban levantando la cosecha de porotos iban allí a alimentarse. Y éste era el porotal del turco Pedro. El dato del tío Félix resultó cierto y ....su performance también.
Al regresar conocimos al turco Pedro a quien saludamos y amablemente nos ofreció dulce de zapallo casero hecho por su señora. Inmediatamente el tío Félix le pidió la receta la que muy gentilmente se la dio diciendo: “Usted agarra un pedazo de zapallo, lo corta en pedazos chico y lo pone a hervir con agua y medio kilo de azúcar y cuando esté lo saca del fuego para que se enfríe y listo “. Así de fácil.Nos despedimos. Cada uno recogió sus cosas y regresamos.


ANÉCDOTA N° 16

La Lagunilla fue siempre nuestra preferida para realizar una cacería de medio día, porque quedaba cerca y había perdices.All fuimos con Titi y Polo, llevando unos cuantos pancitos, un buen salame y un pedazo de queso, fruta, coca, vino y abundante agua para nosotros y los perros. Yo tenía el Ford y Polo el Rengo, experto en la caza de montaraces y flojo o casi nulo para la perdiz chica, por eso prefería cazar en el monte. Eso tiene una explicación. Depende de como lo haya acostumbrado el dueño, además de la raza del animal. Los hay perros para todo terreno como el braco alemán, mas conocido como “kurzhar“, que anda bien en el llano como en el monte e incluso se lo puede utilizar como perro de agua. Repito mucho depende del adiestramiento y práctica que le haya dado el dueño; aunque el pointer haya sido creado para batir el campo a gran velocidad, puede adaptarse, con mas trabajo, al monte. 
Titi y yo encaramos hacia una isleta de monte que estaba en medio de una chacra. Apenas entramos el Ford levantó una montaraz que no le pudimos tirar porque el ave no retuvo la parada y no tuvimos tiempo de llegar. Total, cuando terminamos de hacer la isleta, cada uno teníamos cinco montaraces en el morral. Un caso increíble de que en un monte tan pequeño hubiese tantas montaraces, comentamos. Salimos del monte e hicimos la chacra, cuando el Ford, sin hacer caso a mi llamado, levantó una perdiz un poco lejos y confiado en el alcance de mi escopeta Fiat Beretta que tenía full choke en los dos caños, le disparé tocándole con una o dos municiones, (colijo por las plumas que largó) y siguió volando hasta trasponer un islote de sudan que había al frente, en medio de la chacra. Por detrás, en desenfrenada carrera se largó el Ford quien no hizo caso a mis insistentes llamados. Al llegar al límite de el sudan con la chacra dobló bruscamente hacia la izquierda bordeando la isleta. Entonces fue cuando le dije a Titi: este perro se volvió loco, mira lo que hace. No quedaba otra que esperar que volviera. Pero he aquí la sorpresa, el perro vino pero con la perdiz en la boca. Eso cambió mi decisión, en lugar de retarlo, lo abracé y lo besé. Por eso, como dije anteriormente, y ahora lo dice el escritor y periodista en la “Voz del Interior,” Arnaldo Pérez Wat, en homenaje al día del animal (29 de abril). “a veces vale mas el instinto y la inteligencia del animal que el raciocinio del hombre.” 


ANÉCDOTA N° 17
Cuando compré mi primer auto. un chevrolet modelo treinta cerrado, lo hice pensando, entre otras cosas, en las cacerías que podríamos hacer con él. Le pedí a Fernández, amigo y compañero de pesca, y mecánico de profesión, que me enseñara a manejar. Con mucho gusto accedió a mi requerimiento y nos fuimos al parque Sarmiento a practicar. Enseguida le “tomé la mano” y convencido que ya había aprendido a manejar, lo llevé hasta su casa y luego a mi domicilio. Cuando llegué Titi estaba sorprendido; ¿ Cómo aprendiste tan rápido? Y le contesté: todo depende de la buena enseñanza del instructor. Al otro día seguí practicando y el sábado nos habló el tío José diciéndonos que tenía un dato formidable para hacer una hermosa cacería. Que en ese lugar, según el paisano, había una “eminencia” de perdices. A todo esto ya lo había invitado a Falco, el de la chatita ford A, para ir juntos. Yo iría con mi auto llevándolos a Titi, el tío Félix, Ricardo y Julio. Y cual es el lugar, pregunté. Se llama la Paisanita contestó mi tío José. Hum... entonces hay que hacer un trecho de sierras pero....si es como dicen, vale la pena hacer el viaje. Hay que entrar por Alta Gracia, agregó mi tío. Al llegar al lugar el camino se topa con el río Anisacate y no había puente para cruzarlo.Tubimos que dejar los autos a la orilla del río y cruzarlo a pie transportando todas las vituallas que llevábamos, porque la casa quedaba en la otra orilla. Menos mal que el río traía poca agua, por eso pudimos hacer esa operación. El sacrificio vale cuando hay buena cacería. Cuando saludamos al hombre, cuyo nombre no recuerdo, le preguntamos por donde estarían las perdices. Miren, yo la veo pasar a cada rato por ese camino. Van y vienen, van y vienen - De a una o varias a la vez, le dijimos . De a una, señor. Entonces pensamos que puede ser que la misma pase varias veces haciéndole creer en la abundancia de perdices. Para salir de la duda la única forma es saliendo a cazar; y así lo hicimos trepando algunos las montañas que eran bastante empinadas y luego de recorrerla durante dos horas quedó demostrado que todo fue un “engaña pichanga.” Sólo Ricardo había tirado un tiro y cobrado una silbona. Al llegar de regreso a la casa, todos sudorosos, lo encontramos al dueño muy triste y compungido y al preguntarle que le pasaba nos dijo:” Cállese señor, este jovencito (refiriéndose a Julio) me ha matado el Gardel de la casa “. El tal Gardel era un zorzal que con su hermoso canto alegraba su casa. Por supuesto, que ese acto mereció la recriminación de todos nosotros. Eso sí, después de disfrutar de un rico y suculento asado, en un lugar mas propicio para eso que para una cacería, nos despedimos del paisano, con la sensación de haber vivido una aventura más.

ANÉCDOTA N° 18 

En Zenón nos dijo que la próxima vez que viniéramos, iríamos a Chañarito, al campo de un amigo, quien le había dicho que allí podríamos cazar bien. Así hicimos la barra de cazadores un domingo muy temprano en dos auto. el de Falco y el mío. Al llegar, el tío Félix. muy entusiasmado por la noticia, mientras nosotros saludábamos al dueño del campo y su señora, ya había armado la escopeta. Fue entonces cuando un perrito cusco blanco y negro empezó a ladrar al rededor de él a lo que el tío le respondía con unos “patadones” y unos gritos de espanto porque creía que lo quería atacar. Al ver esto la señora se acercó y le dijo: “No señor, es bueno, lo ha visto con la escopeta y quiere ir a cazar con usted... es bueno señor llévelo...se llama Tolo”. Eso lo tranquilizó a mi tío, quien enseguida le contestó: Sabe señora, es que cuando yo era chico, un perro me mordió y desde entonces le tengo miedo.
La cuestión es que mi tío se armó de un perro y lo llevó con él a cazar.
Esa mañana se sintieron muchos tiros por todos lados, señal que había perdices y que estábamos cazando, parafraseando al Quijote cuando le dijo a Sancho “Ladran Sancho, señal que estamos cabalgando”.
Cuando regresamos a la casa, mi tío Félix ya estaba allí junto con el Tolo. Lo vimos muy eufórico y con la cartuchera vacía. Le preguntamos que cómo le había ido con el Tolo. Respondiéndonos dijo: No sabes las montaraces que levantó el perro, es una máquina de sacar perdices y aquí tienen la prueba, y mostrando la cartuchera vacía y el hombro derecho amoratado, agregó: Lástima que no fue mi día para tirar, solo cacé cuatro montaraces.

 

ANÉCDOTA N° 19


Una noche me llama por teléfono el Dr. Carlos López Carusillo para decirme que unos amigos de Huinca Renacó lo habían invitado a una partida de caza del jabalí y que podría hacer dicha invitación extensiva a sus amigos, por eso me habló para ver si yo quería participar de la misma. Y agregó que la cacería tendría lugar dentro de quince días. Mi respuesta fue de inmediato positiva y a partir de ese momento nos dedicamos a preparar las armas y municiones a utilizar. Yo llevé la escopeta alemana yuxtapuesta con doble disparadores, calibre 12/70 y cartuchos cargados con balas Brenek y algunos otros con postas gruesas. La cacería tendría lugar en Esperanza, provincia de San Luís y el punto de reunión en Huinca. Cuando llegó el día, el grupo de cazadores, estaba integrado por: Carlos, su hermano Alberto, el Dr. Vieyra, el amigo Valdez de Marco Juárez y yo. Partimos muy temprano porque el viaje a Huinca, que queda bien al sur de Córdoba, nos demandaría varias horas.
Cuando llegamos ya nos estaban esperando los dos hermanos y nos recibieron con mucho entusiasmo. Luego del saludo y charla protocolar, entramos de lleno a hablar de la cacería. Nos dijeron que todo estaba programado. Que en Esperanza nos espera un tal Espinosa, guía profesional con su jauría de perros bien adiestrados y un auxiliar por cualquier eventualidad. También nos dijeron que al grupo se había incorporado un matrimonio joven que quería vivir esta aventura.
Así las cosas, emprendimos el viaje hacia Esperanza pero antes hicimos campamento con carpa en el límite de Córdoba con San Luís porque se hacía de noche y faltaba un gran trecho para llegar a destino. Allí aprovechamos el tiempo para cazar unas vizcachas, pues el lugar se prestaba para eso y había en abundancia esos roedores.
A la mañana siguiente reanudamos el viaje hasta llegar al medio día a Esperanza.Fuimos al correo para averiguar cual era la casa de Espinosa a la que, el hombre que nos atendió, tuvo la gentileza de acompañarnos.Allí estaba el guía esperándonos, junto con el auxiliar. Previo el saludo de presentación, convinimos que al día siguiente, antes de amanecer, estaríamos yendo al lugar de cacería. Entonces aproveché para preguntarle si la misma se haría al acecho o al rececho, a lo que me contestó: perdóneme, no entiendo su pregunta. Después que le expliqué el significado de cada palabra, me dijo: “ al rececho amigo, al rececho.Cuando llegamos al lugar, después de hacer unos diez kilómetros, abrió una tranquera y entramos al campo plagado de árboles de chañar. Al bajar él, también bajaron los perros que eran como diez, de distintas razas y pelaje. Ninguno era puro, algunos cruzados con dogo, otros con galgo y policía o manto negro etc., según la versión del propio Espinosa. Para organizarnos nos dividimos en dos grupos. El primero integrado por Carlos, Alberto y yo. Y el segundo, por los hermanos de Huinca, Vieyra y Valdez. Nosotros salimos en el primer turno, al amanecer. Cuando Espinosa dio la orden la jauría comenzó la marcha iniciando el rastreo, lanzándonos nosotros por detrás. Al rato se oyeron ladridos, de los perros y una corrida del can parecido a un policía, que siempre iba al lado del guía, que de repente se volvió. Esa escena se repitió varias veces lo que me llamó la atención. Entonces le pregunté a Espinosa:¿por qué tenía ese perro que no le servía ? A lo que me respondió con severidad. Está equivocado amigo, este es el mejor perro que tengo. El me avisa cuando el rastro encontrado por los demás es seguro o falso, no vió lo que hizo , se volvió porque el rastro era falso y lo confirmé cuando dejaron de ladrar los otros perros. Eso no solo me sorprendió sino que me dejó pensando nuevamente en la inteligencia e instinto de los animales de que hablamos anteriormente. Ya habíamos caminado y corrido como una hora, cuando Alberto dijo que abandonaba y se volvía al auto porque estaba muy cansado. Enseguida se oyó ladrar nuevamente a la jauría y al perro policía lo vimos partir raudamente, mirándolo a Espinosa, quien nos dijo; ¡Vamos, este rastro es verdadero ! Y Carlos y yo salimos corriendo detrás.
Fue tal la carrera que Carlos en el afán de llegar más rápido, tropezó con una rama y con mucha suerte cayó cuan largo es, pues la caída fue peligrosa porque llevaba consigo la escopeta cargada. Poco antes de llegar al lugar escuchamos la detonación de un disparo de escopeta. Cuando llegamos, Espinosa, un poco apenado, nos dijo que como nos demoramos y los perros ya habían soltado al jabalí el auxiliar tuvo que tirarle un tiro, que por fortuna le dio en la paleta y murió instantáneamente. Nosotros pudimos observar lo que dejó el suido cuando quedó empacado. Reculando para defenderse, había derribado un árbol bastante grande de chañar. Espinosa comentó: es un hermoso padrillo, debe pesar como ciento treinta kilos, agregando en tono irónico, y ahora como lo vamos a llevar? No habiendo respuesta, Espinosa sacó el facón y le abrió el vientre extrayéndole el estómago y los intestinos. Esta operación, dijo, se hace para alivianarlo.El resto de las vísceras las vamos a dejar dentro del animal para dársela a los perros cuando lleguemos a la casa, como premio estimulo por la labor desplegada. La panza estaba repleta de yuyos, porque los jabalíes, a igual que las vizcachas, se alimentan de noche y de día están en sus guaridas. Luego, de varios “machetazos” cortó una rama de un chañar, de aproximadamente cuatro centímetros de espesor y setenta de largo. Con una soga que llevaba el ayudante ató un extremo a un colmillo del animal y el otro a la pata delantera del mismo. El resto lo ató a ambos extremos del palo haciendo las veces de un arnés de tiro. Así, con los pelos a favor, dos de nosotros comenzó a arrastrarlo, hasta sacarlo del monte y llegar a la camioneta, todos sudorosos, por el esfuerzo realizado. Concluida la cacería del grupo uno, y los comentarios de rigor, festejados con risas, felicitaciones y aplausos, pasamos a la del grupo dos, integrado por Vieyra, Valdez y los hermanos de Huinca Mario y Julio. Como Mario no tenía escopeta, Carlos había quedado en facilitarle una y así lo hizo. Se trataba de una escopeta española, calibre 16 yuxtapuesta, de dos cañones, y sus respectivos cartuchos. Al acercarme para verla, aproveché para advertirle la importancia que tiene el seguro sobre todo en esta emergencia. Los hay automático y voluntario. La escopeta en cuestión tenía seguro automático, lo que hacía necesario quitarlo antes de usar el arma. Hecha por mi esta advertencia, el grupo partió para el monte que daba al otro lado del camino, acompañado por Pedro, el auxiliar de Espinosa, quien se quedó con nosotros y el matrimonio de jóvenes, saboreando un rico salame y un buen vino.
Al rato, cuando el grupo ya se había internado en el monte, escuchamos un disparo y enseguida otro lo que nos hizo suponer dos cosas, que habían utilizado dos tiros para cobrar un jabalí o que habían matado dos
de ellos. A todo esto permanecimos expectantes hasta que los vimos aparecer trayendo a la rastra una presa. Al llegar vimos sus rostros lívidos y preguntamos casi al unísono: ¿Qué pasó? Vieyra tomó la palabra y comenzó a explicar; Al empacar los perros al jabalí y después soltar, se acercó Mario para matarlo pero la escopeta quedó en seguro y al no poder disparar se puso nervioso y se “abatató”. En ese ínterin la jabalina, que para colmo de males estaba con su cría, arremetió enfurecida, no contra Mario sino contra Valdez porque estaba más visible sobre el camino, colijo yo. La jabalina, al envestirlo le arrojó una dentellada y con el colmillo le abrió el pantalón desde la bota manga a la bragueta. No ocurrió algo peor porque Valdez alcanzó saltar hacia atrás y al caer sentado con la escopeta en la mano, la culata dio contra el suelo lo que hizo dispar un tiro. Entonces ese es el primer tiro que nosotros escuchamos, acotó Carlos . El otro, continuó Vieyra, lo hizo el guía cuando vio que la jabalina se volvió sobre sus pasos para arremeter nuevamente contra Valdez. Por fortuna el tiro hecho por Pedro fue mortífero porque le dio en la base del cuello, y el animal se desplomó. Todos celebramos la oportunidad y sangre fría de Pedro que con su escopeta calibre 16, de un solo caño, contribuyó a que esta cacería tuviera un final feliz, felicitándolo con un cerrado aplauso

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ANÉCDOTA N° 20


A Polo Vízari le habían regalado una perra pointer negra llamada China y para saber si cazaba o no, me habló para armar una cacería. Casualmente el día anterior en una conversación con el Dr. Antonio Rubio, me dijo que existía la posibilidad de efectuar una partida de caza en un campo de un tal Ludueña, en Santa Rosa de Río Primero. Eso se lo transmití a Polo, quien enseguida estuvo de acuerdo, y que le avisara cuando se hiciera. Cuando llegó el momento, y previo lo convenido con Antonio sobre quienes iríamos, se lo comuniqué a Polo, quien quedó agregado al grupo, que estaba formado por: Antonio, Armando, Ricardo, Polo y yo. Llegamos muy temprano a Santa Rosa y enseguida nos dispusimos a localizar el domicilio de Ludueña porque Antonio no lo tenía anotado con precisión y en la Villa había varios vecinos con ese apellido, hasta que dimos con él. Llamó a la puerta y lo atendió no muy complacido porque lo habíamos hecho levantar muy temprano, supusimos. Pero le entregó la autorización por escrito con las indicaciones para ubicar el campo y allá fuimos. El encargado, muy desconfiado, lo primero que hizo fue pedirle a Antonio la autorización. Nos abrió la tranquera del frente que estaba con candado y nos ubicamos a la sombra de un frondoso algarrobo. Armamos las escopetas y salimos a cazar. Enseguida se armó un virtual tiroteo porque ahí nomás, cerca del auto, empezaron a levantarse las perdices. Polo que iba muy cerca de mí, tenía una cara de in disimulada felicidad porque la China cazaba bastante bien. Rastreaba, paraba y traía. De repente y sorpresivamente, China giró bruscamente dejando de cazar y se dirigió rumbo al auto metiéndose debajo de éste. Polo también se volvió y Armando y yo lo seguimos para saber el motivo de tan insólita reacción. Al llegar al auto, ¡oh! sorpresa. La China había dado a luz un cachorrito negrito igual que ella. Pero china no dejó de sorprendernos. Al rato nomás, luego de ingerir la placenta, y limpiar con su lengua al cachorro y sin procurar amamantarlo se incorporó y empezó a saltar alrededor de Polo como invitándolo a seguir cazando. Lo malo fue que Polo aceptó el envite, cuya actitud mereció nuestra reprobación, porque podría parir otro cachorro, cosa que no ocurrió, y por la salud de China que podría estar de esta manera comprometida. Eso fue el producto de la exagerada pasión por cazar de ambos. Después, todo volvió a la normalidad e hicimos una buena cacería y pasamos un hermoso día.

 

ANÉCDOTA N° 21


Un 9 de julio, en pleno invierno, el tío José hizo un programa de caza por su lado, cuyo invitado especial era el Dr. Oscar Girardet, en retribución a la gentil atención que había tenido al regalarle una perra de caza pointer, que perteneció a un amigo de él, llamado Joaquín. También iban el tío Félix y el Chiche. El lugar elegido era Chañarito por un dato que le había proporcionado un amigo del Dr. Girardet. Nosotros, como el día se presentaba muy propicio, improvisamos una cacería en S. Temple con Titi, Polo y yo. Al llegar, Don Zenón nos recibió con mate y en cambio le regalamos una botella de ginebra, que agradeció efusivamente.Salimos a cazar buscando las mejores chacras, y orillando los montes, recorrimos varios rastrojos y pajonales, cobrando solo una perdiz. Eran las once y media cuando, decepcionados, decidimos volver al auto para comer algo; pero antes les sugerí, como última alternativa, que en vez de ir directamente al auto , rodeáramos un monte cerca de la casa, a cuyo costado había una parcela de sudan. No bien llegamos a la punta del monte, vemos que el Ford toma una emanación. Introduciéndose en el sudan, clavándose a poco metros nuestro. Ahí puede decirse que iniciamos la cacería, porque comenzaron a levantarse una tras otra las montaraces que estaban comiendo dentro del sudan, comportándose maravillosamente el Ford que las sacaba y las aportaba a todas las que derribábamos sin perder ninguna. Así ocurre muchas veces, en todos los deportes. En algunas ocasiones el comienzo le es propicio y en otras le cuesta encontrar ese momento.

 

ANÉCDOTA N° 22

Humberto Petrei, jefe de personal de EPEC., me invitó para hacer una cacería en la Salada, un pueblito que queda al NE. de Córdoba, cerca de Mar Chiquita. La partida estaba programada para el 9 de julio de ese año, aprovechando un fin de semana largo. También irían unos amigos de él, que tenían un camión muy bien equipado a tal efecto. La invitación hacia Petrei surgió de un amigo del jefe la Comuna de la Salada e iríamos a hospedarnos en la escuela del pueblo. Mi primera sorpresa tuvo lugar cuando me fueron a buscar, porque arriba del camión había como seis o siete personas, aparte del chofer y el mismo Petrei, lo que hacía un grupo muy numeroso. Por suerte no todos eran cazadores, sino acompañantes. Cuando llegamos a la Salada era de noche y enseguida ubicamos a Don Rosendo, el amigo de Petrei, quien después de los saludos de práctica y algunos comentarios, nos condujo hasta la escuelita para presentarnos al encargado como viajeros de paso y hospedarnos esa noche ahí. Segunda sorpresa: ¡¿Hospedarse?! No amigo aquí no se hospeda nadie, la escuela no es para eso. Luego de aguantar ese reproche tan decepcionante, Don Rosendo nos invitó ir a dormir a su casa, y así lo hicimos. La casa, mezcla de rancho de paja y adobe, muy humilde por cierto, tenía adosado a su lado un galpón que hacía las veces de establo, y más lejos estaba un horno de carbón, actividad a la que él se dedicaba. Y viene la tercera sorpresa. A mí me asignaron una cama en el galpón, privilegio por ser el invitado especial, a los demás el horno de carbón. Después de cenar frugalmente, nos fuimos a dormir. En mi cama solo había una colcha que cubría el elástico que estaba puesto sobre dos tachos de queroseno y otra colcha para cubrirme del tremendo frío que hacía esa noche. No tenía almohada, así que la tuve que improvisar una con alguna ropa mía y el saco cazador, lo cual no resultó ni suficiente ni confortable, pues al rato de estar acostado comencé a sentir un fuerte dolor de cabeza que me mantenía despierto y preocupado. Enseguida me convencí que no iba poder conciliar el sueño, y decidí levantarme e ir al horno de carbón donde el resto del grupo tampoco dormía sino que estaba de jarana. Así pasamos la noche en vigilia y con frío, no obstante haber hecho una fogata en el interior del horno, porque el viento sur corría gélido entre sus dos abertura, una al sur y otra al norte, que hacían de tronera de ventilación. Al amanecer nos levantamos para lavarnos y tomar el café que don Rosendo había gentilmente preparado. Todos con caras soñolientas, solo atinamos a agradecerle su atención y preguntarle donde podríamos cazar las copetonas que según él abundaban. Nos dijo que por todo el campo, la cuestión es encontrarlas porque son muy caminadoras; “ de momento están aquí y por momento se han ido a otra parte”. Salimos a cazar Petrei, yo y dos más de sus amigos. Luego de caminar un buen rato Lady logró, en un montecito ralo, bloquear a una bandada, de donde se levantaron tres juntas, de las cuales pude derribar dos haciendo un afortunado doblete. Enseguida se levantó una cuarta y luego la quinta y última que integraba la bandada, característica ésta por la tendencia gregaria de estos tinámidos. Luego de caminar un buen trecho sin que se levantara ninguna otra pegamos la vuelta con rumbo a la casa, con la cacería hecha y nosotros muy cansados. A la tarde, después de almorzar, preferí descansar porque, Rosendo nos había programado para esta noche una cacería de vizcacha acompañados por un guía muy experto. En efecto, esa noche cenamos con la presencia del guía y luego partimos con rumbo a un monte donde estaban las vizcacheras. Era una noche fría, límpida y estrellada. Mientras Petrei, un compañero y yo penetrábamos el monte, los demás se quedaron en el camión contando cuento y jaraneando. El guía, dotado de una muy buena linterna de cinco elementos y pilas de repuesto, nos alumbraba a la perfección las vizcachas, denotando un gran conocimiento de su oficio. Luego de andar casi dos horas entre los matorrales de espinillos y soportar el peso de varias vizcachas cobradas, le dijimos al guía que volviésemos al campamento, lo que él asintió. Pero al cabo de idas y venidas y de hacer inútiles rodeos, me di cuenta que el hombre estaba desorientado entonces en tono muy amable le pregunté si conocía el camino de vuelta y me contestó que si, que ya íbamos a salir. Viendo que el tiempo transcurría sin resultado positivo, dirigiéndome a él le pregunté si sabía en qué dirección quedaba el campamento, me dijo: “ para allá” y dándome cuenta que estaba perdido le repliqué, no amigo, al contrario, ve esas tres estrella llamadas las tres Marías, cuando entramos al monte la teníamos a nuestras espaldas, ahora tenemos que enfrentarlas, con un poco de corrección hacia la derecha, porque ellas se van corriendo de este a noreste. Y haciéndome caso y aceptando implícitamente su desorientación, tomó el rumbo correcto y fuimos a salir a unos metros del campamento. Al llegar me preguntó cómo yo me di cuenta de eso. Y le respondí.: Gracias a mi Padre que me enseñó muchas cosas, entre ellas la que cuando uno entra a un monte siempre hay que tomar un punto de referencia. Cuando lo hace de día, un árbol o el viento, etc. y de noche, como en este caso las estrellas o la luna si está visible . Y si está nublado me remito a Atahualpa Yupanqui que dice en una de sus zambas: “ no te metas al monte si no ha salido la luna “, lo que fue festejado con risas y aplausos. 
Cuando llegamos a la casa, don Rosendo nos transmitió la invitación del Jefe Comunal para ir a cazar a un campo de él, cercano al Río Dulce, invitación que enseguida aceptamos por la posibilidad de cazar y pescar. Partimos al día siguiente y cuando llegamos nos sorprendió no ver ninguna casa ni siquiera ningún rancho. Lo único que había era una especie de carpa de tres metros por tres, hecha con cueros de vacas y caballos, cuyo armazón era de troncos de árboles. Allí habitaba una familia formada por un matrimonio y cinco hijos de muy corta edad. A unos seis metros había dos estacas unidas por un alambre que sostenía un charqui de carne, que después de comerla asada, nos enteramos que era de caballo y de puma. El matrimonio era el encargado de cuidar el ganado del Jefe Comunal que lo había trasladado a ese campo por la sequía que azotaba a la Salada, de modo que quedó en evidencia, que la invitación no fue motivada por hacernos cazar, ya que allí no se levantó ninguna perdiz, sino por el interés de controlar el cuidado de su hacienda. Con la impresión deplorable del lugar y la vida infrahumana de esa familia, más la engañosa actitud del Jefe Comunal, nos volvimos amargados a la casa de Rosendo, quien, al enterarse de todo, compartió con nosotros la opinión. Y así terminó esta nueva aventura.

 

ANÉCDOTA N° 23


Carlos Emilio, un sobrino hijo de un hermano de Luchy, cuando tenía diez años, me pidió que lo llevara conmigo a una cacería. Comprendiendo la ansiedad de Carlos porque de chico yo también había experimentado esa inquietud, le dije que cómo no, pero con la condición de que tenía que cumplir todas las órdenes e instrucciones que yo le impartiera. Que sólo haría de acompañante y ayudante de campo, pues por su corta edad todavía no podía cazar. Que tendría que ir detrás mío a muy corta distancia, observando y escuchando bien lo que yo le dijere. Todo eso lo aceptó con entusiasmo y programamos una cacería para el domingo siguiente. El día anterior se quedó a dormir en mi casa y fue el primero en levantarse, madrugando. Me ayudó a poner todos los bártulos en el auto y partimos en busca de Titi y el Dr, Ezio Masoni, con destino final Santa Rosa de Río Primero, al campo de Juan Fontirroy.
En todo el día observó fielmente todo los movimientos que yo hacía, fijándose atentamente en el trabajo del perro. Le respondía todas las preguntas que me formulaba y le fui enseñando, desde el armado de la escopeta hasta la forma en que debía llevarse mientras cazábamos, para evitar accidentes en caso de dispararse imprevistamente el arma, para seguridad de él mismo y sus compañeros de cacería. etc. etc.
Todo transcurrió normalmente, por eso me acompañó durante la temporada como mi mejor ayudante de campo.
Al aproximarse la siguiente temporada, como todo cazador, manifestó una lógica ansiedad para comenzar a cazar lo que advertía en cada conversación, como la alegría que experimentó cuando sin que me lo pidiera, le dije que esa temporada íbamos a salir a cazar juntos.
Me reservé el secreto de que, como tenía un año más le iba hacer disparar algunos tiros. Además, porque yo había cambiado mi escopeta calibre 16 por una Beretta S56E, calibre 20, ya que ésta, por ser un calibre menor, produce menos retroceso y no le golpearía tanto el hombro. Cuando llegó el momento fuimos al mismo lugar, es decir a Santa Rosa de Río Primero. 
Ya estábamos cazando cuando le pregunté si quería hacer algún tiro. Ustedes vieran la cara que puso; mezcla de emoción, susto y sorpresa. Al rato dijo: bueno...no me “pateará”? Si vos encaras la escopeta apoyándola bien en el hombro e inclinando un poco el cuerpo como yo te enseñé, vas a sentir un golpe leve, hasé la prueba, toma. Después de haber hecho dos intentos sin dar en el blanco, la tercera vez, aprovechando que el Black hizo una espectacular parada, y a la voz de arrímate y seguí al perro que ya se vá a levantar, Carlos, con un certero disparo derribó limpiamente la presa. Antes que el perro la aportara, le pregunté: ¿Sabes lo que has cobrado? No, respondió. ¡Una montaraz Carlos, la primera perdiz en tu vida!
Desde ese momento Carlos estaba en condiciones de seguir cazando. Al año siguiente, entusiasmado, me preguntó si para la próxima cacería podía invitar a un amigo, y le dije que si. Le pregunté por la edad, y me respondió: tiene 12 años, igual que yo y se llama Sergio Fransiosi. Ese día preparamos todo lo necesario y fuimos a buscarlo para ir a lo de Brizio, un amigo nuestro encargado de un campo en Villa Concepción del Tío. Después de los saludos y presentación de rigor y luego de recorrer un rastrojo de sorgo donde cazamos algunas perdices, donde Carlos le demostró a su amigo su puntería, entramos a un pajonal donde enseguida el Black hizo una firme parada. Entonces lo invité a Sergio para que le tirara, lo que tímidamente me aceptó, después de hacerle varias indicaciones advirtiéndole que la escopeta no le golpearía, etc.etc..Cuando le di la orden al perro, se levantaron dos perdices a la vez y Sergio apretó la cola del disparador, cerró los ojos y a mi grito ¡ de muy bien Sergio !, despertó de su sueño de cazador. Había derribado las dos perdices de un solo tiro! Luego de felicitarlo, cambió el semblante de su cara y los tres nos abrazamos. “Se había formado otro cazador.”

 

ANÉCDOTA N° 24


El Dr. Ezio Masoni, en una reunión de la Federación Cordobesa de Caza y Pesca, de la cual yo era su presidente, me comentó que Luís Ortúzar, un amigo de él, le dijo que le habían dado el dato de que en un lugar vecino al río Dulce, cerca de Sol de Julio, en los límites de Córdoba y Santiago del Estero, existía la posibilidad de hacer una buena cacería de perdiz ala colorada. No obstante la distancia, como el dato resultaba interesante, decidimos armar la partida de caza aprovechando un fin de semana largo. Además de la barra habitual, se acoplaron, Gino, hermano de Ezio, Rodolfo Cuel, suegro de mi hermano Armando, y por supuesto Luís, el dueño de la referencia. Como éramos muchos, en lugar de ir en dos autos, Cuel ofreció muy gustoso su camión “Mércuri” casi nuevo, capotado con una lona y bien equipado con algunas butacas.Completamos el equipaje con abundante comida y líquido elemento, partiendo muy de madrugada hacia el noreste. Al dejar el asfalto y tomar un camino de tierra en dirección a Sol de Julio comenzamos a padecer la tierra que se levantaba al cruzar algunos guadales.Pero la sorpresa más grande sobrevino cuando llegamos al lugar de cacería. Por la gran crecida del río estaba toda la zona inundada, no pudiendo entrar a cazar por esa causa y porque la perdiz se había dispersado a lugares seguros. Al atardecer se escuchaba de vez en cuando y a lo lejos el silbido de alguna colorada, lo que indicaba que el dato era cierto y que solo la naturaleza nos había jugado en contra.
Al atardecer merendamos algo y luego emprendimos el regreso. Habremos hecho unos veinte kilómetros cuando nos sorprendió la noche y al pasar frente a un rancho nos detuvimos para preguntar si faltaba mucho para llegar al pueblo con el objetivo de allí hospedarnos y pernoctar. Mientras bajábamos del camión para saludar al paisano que estaba en la puerta del rancho, se oía en el silencio de la noche el silbido de un “changuito“ arreando una majada de regreso al corral. Después de saludar, el hombre nos dijo que faltaban unos cuarenta kilómetros para llegar al pueblo, pero si ustedes quieren yo les puedo dar de cenar y también pueden quedarse a dormir en aquella pieza que para eso la tengo, y así no viajan de noche que suele ser peligroso. Sus argumentos nos convenció, incluyéndolo a Cuel, jefe de ruta que a veces es obstinado, que aceptó preguntando: ¿ Y que nos va a dar de comer? A lo que el Paisano respondió: cabrito, eso es lo que sobra acá. Bueno, de acuerdo, contestó Cuel y el resto de los cazadores. Y el hombre puso mano a la obra, mandó al hijo hacer el fuego, pasó a deguello un chivo y a la parrilla. Pensé entre mi” asarlo recién muerto, va a resultar un poco duro”, y así fue. Mientras tanto Polo no podía con su genio. y enseguida entró a negociar con el Paisano la compra de una cabriona. Esta si, esta no, “a la final, por el mismo precio, se quedó con la más grande”, convencido de que había hecho un buen negocio. Y dijo en voz baja: éste no me va a embromar, le voy a poner un cartucho vacío en la guampa para individualizarla, así no me la va poder cambiar. Además la bautizó con el nombre de “Camila”.
La cena transcurrió en un clima muy ameno, y llegó la hora de ir a dormir, para lo cual el dueño de casa nos acompañó hasta la habitación dejándonos una vela encendida. En la pieza rancho solo había un catre de campaña y dos colchoneta de paja y nosotros éramos nueve, por cuya razón algunos decidieron dormir en el camión. Nadie pudo dormir, no solo por lo incómodo y precario que era el “dormitorio”, sino, sobre todo, porque al alumbrar con las linternas, descubrimos que en el techo había un enjambre de vinchucas que ya estaban al acecho de nosotros. Alguien dio la voz de alerta y sin titubear cada uno recogió sus cosas y nos fuimos al camión. Así nos salvamos de contraer el “ Mal de Chagas”.
Al amanecer el criollo ya esta levantado y con el mate en la mano nos grito un ¡buen día!, que nosotros le contestamos en coro. Le explicamos lo ocurrido con respecto al peligro que se corría con las vinchucas, y nos dijo que ellos, por precaución ponían papeles en el suelo, contra la pared para escuchar el ruido cuando caían. Y pensamos: Habría que tener oído biónico o estar muy despierto para escucharlo.
Polo cargó su Camila y después de pagar lo consumido y el hospedaje, saludamos y emprendimos el regreso. Menos mal que Cuel pudo dormir en el camión y así manejar despejado. Los demás estábamos soñolientos y algunos se habían tirado en el piso del camión y dormían. De pronto, Ricardo se levantó protestando.Tenía un costado todo mojado; también el bolso de cacería, donde entre otras cosas tenía los cartuchos. Enseguida pensamos que algún recipiente que contenía agua se habría roto, pero no, era la Camila que había orinado. Otro hecho que demostraba nuestra mala fortuna a lo largo de este malogrado viaje. 
La historia de Camila no termina ahí. En una próxima cacería en la que Polo era de la partida, nos ofreció llevar un pedazo de carne de la cabriona para comerla asada en el campo. Titi y yo aceptamos complacido la invitación y fuimos a cazar a la Media Luna. Polo se encargó de hacer el fuego y el asado. Cuando llegó la hora de comer, noté que mi cuchillo de caza de acero “Solinger“, bien afilado, no podía cortar bien la carne, observando que Titi tenía el mismo problema. Al llevar un trozo a la boca parecía que masticaba corcho o algo muy fibroso, que en realidad resultó incomible. Moraleja: “No siempre por ser mas grande es mas conveniente”

 

ANÉCDOTA N° 26


Con el Dr. Ezio Masoni reanudamos una amistad que databa de muchos años atrás, es decir desde la infancia, porque nacimos y vivimos en el mismo barrio Alberdi, cuya familia de él y la mía cultivaron una estrecha amistad. Tanto Don Miguel, padre de Ezio, como mi Padre, compartían muchas ideas, y ambos practicaban la caza deportiva, hasta que la muerte de mi Padre y posteriormente el cambio de barrio de los Masoni interrumpió la frecuencia con que nos veíamos. También podemos decir que la evolución misma en las familias, ya sea por el estudio , cambio de estado civil, etcétera nos fue alejando, hasta que nos encontramos en el Club de Caza y Pesca - APYCAC. -, festejando ese feliz reencuentro con un fuerte abrazo. Hago esta breve disquisición, porque a partir de allí, no solo reanudamos nuestra amistad, sino que compartimos la práctica de la caza y el tiro deportivo, y todas las demás actividades relacionadas con estos deportes, como proyectos de Leyes , Congresos, Conferencias, Concursos, etc.etc., constituyéndose en mi gran amigo. Y para definirlo, me voy a permitir parafrasear a Don Atahualpa Yupanqui, que dijo: “ Un amigo es uno mismo con otro cuero”.
Con el Dr. Masoni fuimos cofundadores de la FECAPES, en el mes de abril del año 1956, en representación de A.P.Y.C.A.C. y durante el período que va desde ese año y el 1967,en que yo ejercí la Presidencia, él me acompañó como Asesor Letrado.
Hecha esta breve semblanza, pasamos a disfrutar de una nueva anécdota de caza.
Después de fundar el Club Alas Coloradas en Ucacha, recibimos la invitación de su Presidente, Juan Pipino para una cacería de patos en la laguna de Aguerre, recientemente adquirida por el club, con el patrocinio del doctor Ezio Masoni. Como nos pareció sumamente interesante la práctica de esta modalidad de caza, dispusimos aceptarla de buen grado. Preparamos los bártulos y allá fuimos, Ezio, Armando, mi sobrino Carlos y yo. Los amigos de Ucacha ya nos habían reservado alojamiento en el hotel, cuyo dueño, amable y dicharachero, se ganó el apodo de “geniol” por lo parecido a quien hace la propaganda de ese analgésico. Después de ponernos de acuerdo. al día siguiente, muy temprano partimos hacia la laguna. Cuando llegamos nos impresionó la cantidad y variedad de aves acuáticas que habitaban la laguna y el magnífico regalo que nos ofreció la naturaleza consistente en un maravilloso paisaje de un amanecer crepuscular, que como quedó grabado en mi retina, no pude menos que trasladarlo a la tela.Y mientras lo hacía, recordaba uno de los versos del Martín Fierro, que dice más o menos así “ Lo que pinta este pincel/ ni el tiempo lo ha de borrar/No pinta el que tiene ganas / sino el que sabe pintar. O el del Fausto, de Estanislao del Campo “Verdad que es linda la mar / la vieras de mañanita/ cuando agata la puntita / del sol comienza a asomar.”
Llegó la hora de fijar una estrategia y previa exploración del terreno, se asignaron los puestos que debía ocupar cada uno de nosotros. Se dieron las instrucciones sobre el comportamiento que cada cazador debía guardar y el camuflaje a observar permanentemente para contrarrestar la notable astucia de estos anátidos, sobre todo por su gran vista y oído; pues se dan cuenta de cualquier elemento extraño, por caso el reflejo de los caños de las escopetas. A Carlos Emilio, que me acompañaba, le encomendé portar los banquitos para descansar y esperar el paso de los patos y el bolso con parte de la vitualla y líquido para aplacar la sed. La consigna era no comenzar a tirar hasta que estuviéramos todos ubicados. Lorenzatti y Ortiz se ocuparon de recorrer la orilla de la laguna con el fin de espantar los patos posados cerca, mientras Pipino, Masoni y Palazesi se quedaron, como cocineros, en el campamento. Generalmente para estas cacerías se ponen señuelos en el agua, pero en este caso no hubo necesidad de hacerlo.
Al rato de estar ubicados se oyeron algunos tiros, señal que los patos comenzaron a moverse. A la orden de ¡agáchate Carlos! porque se acercaba una bandada en dirección nuestra, me acomodé para tirarle, adelantando lo suficiente el tiro que fue a dar en el blanco. Carlos quiso ir a buscarlo cosa que no le permití advirtiéndole que podría ser visto por la próxima bandada y malograr así la caza. También le hice notar que para poder hacer el doblete siempre hay que dispararle primero al que va detrás en la formación y no al de adelante, como hice yo, porque enseguida el resto se dispersa al ver caer al primero. Todo es cuestión de decisión y de gusto, a veces conviene tirarle al primero porque existe la posibilidad de errarle por atrás y el mismo disparo impactar en el que va en la segunda fila, como muchas veces ocurre.
Una de las cosas que hay que tener en cuenta para distinguir el pato de la bandurria cuando se van acercando, es que el pato en pleno vuelo no planea y la bandurria sí. A lo lejos se oía, como una letanía, la voz de Ezio que decía: “ Dame los puntos cardinales”, como referencia desde donde venían las bandadas, que les estaban pasando por encima de él sin poderle tirar. Esta frase quedó en la memoria de todos los participantes, como un emblema de aquella cacería.
Llegó la hora de levantar el puesto, por la hora y porque el paso de patos se paró, dando por terminada la cacería. Ya se habían acercado Ortiz y Lorenzatti para colaborar en la búsqueda de los patos derribados y al contarlos comprobamos que eran siete, a saber: un crestón, tres sirirí, dos maiceros y un gargantilla. En realidad, para esa misión se utilizan perros de agua que aportan a la perfección las presas cobradas, tales como el Labrador y Golden Retriever.
Con la satisfacción de haber hecho una buena cacería, regresamos al campamento, donde Juan Pipino, Mazoni y Palazesi nos esperaban con un suculento asado que saboreamos en medio de “cargadas“y jocosos comentarios.

 

ANÉCDOTA N° 27


Julio Alberto, a quien conocí en Buenos Aires, era el propietario de Jull de Smal, un extraordinario perro pointer blanco y naranja, varias veces Campeón Nacional e Internacional de prueba práctica de campo. Como yo le había expresado mi interés en tener un cachorro descendiente del Jull, me prometió uno a cambio de otro, hijo de mi perra Dana, que era descendiente de Ergo de Smal de su propio criadero. Dana había obtenido el primer premio a la mejor cabeza en una exposición llevada a cabo en Córdoba, y él lo sabía. Pasó el tiempo y yo ya le había enviado la cachorra hija de Dana, cuando por teléfono me ofrece un nieto del Jull, de un año y medio, que lo tenía una amiga en su departamento, y que había recibido las primeras enseñanzas en el campo. Como en ese momento yo estaba sin perro, lo acepté.
Menuda sorpresa nos llevamos con mi hermano Armando cuando lo llevamos a probar en un campo cerca del Aeropuerto de Pajas Blancas. No sabía caminar; todo le molestaba y se sorprendía de cualquier cosa. Claro, criado en un departamento como perro de compañía, no podíamos pretender que en la primera salida se comportara como un perro acostumbrado al campo y dije: hay que empezar de cero. En mi casa lo solté varias veces en el patio, tirándole la pelota para enseñarle a traer y comprobé que todo lo aprendía con facilidad y de buenas ganas, lo que denotaba ser un perro inteligente y de buen carácter. Se llamaba Black, nada que ver con su color blanco y naranja. Al abrirse la temporada de caza, dispusimos ir a Villa Concepción del Tío, cuyo encargado era el señor Brizio. Lo llevé con otro perro llamado Paul para que le sirviera de guía. Al comienzo quería jugar, pero cuando entramos a un pajonal, donde de repente el Paul hizo una parada firme, sorpresivamente, mas allá, a un costado, el Black quedó clavado en una postura típica del pointer que me hizo acordar al Jull. Al principio creí que los dos perros habían parado la misma perdiz, pero cuando se levantó la del Paul y la trajo, el Black se mantuvo inmóvil y solo se movió cuando lo animé para que levantara la otra, al derribarla y darle la orden de traerla, fue inmediatamente a buscarla aportándola impecablemente. Se imaginarán el goce y la alegría que tal comportamiento me causó, a tal punto que a la tarde cacé con él solo y lo hizo magistralmente. Pensé entonces en qué mucho tiene que ver la genética de sus ancestros en las cualidades cinegéticas de los perros de caza.

 

ANÉCDOTA N° 28


Para el domingo siguiente el Club de Caza y Tiro había programado un concurso de caza de la perdiz y comentándolo con el Dr. Masoni, le dije que yo iba a participar con el Black. A mí me parece que cometerías un grave error, porque es un perro sin experiencia, me contestó; y te puede hacer fracasar la cacería, arruinando tus chancees. Además el Black nunca cazó en las sierras.” No obstante todas esas explicaciones y argumentos, yo estaba empecinado y convencido de las cualidades demostradas en la cacería anterior, lo llevé al concurso que se realizaría en la Pampa de San Clemente. Llegó el momento y nos presentamos con mi veedor, que se intercambió con el de otro cazador. Cuando comenzó el concurso cada cual tomó el rumbo que creyó más conveniente. Mi veedor y yo, luego de caminar un buen rato por la ladera de las montañas, escuché varios silbidos de perdices que provenían de la mitad de un cerro. Tomando esa dirección, apenas subí unos metros , el Black tomó una emanación a cabeza alta y comenzó a arrearlas acallándose los silbidos. Así llegamos hasta la cima de la montaña, donde comenzaba una meseta. Allí se habían agrupado y allí empezó la cacería. El Black. en gran estilo paró la primera, luego la segunda, después la tercera y así sucesivamente hasta la número catorce. Solo había errado una que se escondió detrás de una enorme piedra. Como se cumplía la hora de finalización del concurso, decidí regresar al puesto de control, y en el trayecto pude cobrar la número catorce con quince disparos.
Al cruzar un arroyo, Black se quedó bebiendo agua y yo seguí rumbo al campamento. Al rato advertí que Black había desaparecido y pensé que se había extraviado. Al llegar al puesto de control, allí el Black me estaba esperando y haciendo unas alegres cabrestiadas se me arrimó como diciendo “perdóname , te hice una broma “.
Arturo Martín, que hacía de control, me preguntó cómo me había ido, y le dije que había cazado catorce con quince tiros. Entonces sos el ganador, haber hagamos el conteo. Y al hacerlo, había trece en vez de catorce. Revolví varias veces el saco dando vuelta la bolsa, comprobando que a la misma le faltaba un botón y por el espacio que dejó se habría caído una perdiz. Mi señora, que con todo cariño lo confeccionó, se olvidó de ponerlo. De lo que estaba plenamente seguro era que había hecho quince disparos y sólo erré uno. Como otros dos cazadores habían hecho trece en quince, entre ellos Uliana, el primer puesto quedó empatado. Como consecuencia de este mal rato, me dio un fuerte dolor de cabeza que no me permitió disputar el desempate. Sin embargo me quedó el feliz recuerdo de la maravillosa performance del Black.

 

ANÉCDOTA N° 29


Sobre hazañas del Black podemos citar muchas más, como por ejemplo la que describo a continuación. Un domingo de la temporada fuimos a cazar a lo de Brizio, en Villa Concepción del Tío, con Armando, Ezio Masoni y Carlos Emilio, quien tenía un perro llamado Paul, hijo de la Pipa, una braco Húngara, de raza Vizla, propiedad del Dr. José Palazo y un Kurzhar, que resultó extraordinario. Lo menciono porque después les contaré lo que le pasó. Carlos. con el aprendizaje que adquirió desde niño, ahora, con treinta años de edad, podía cazar solo, por eso cada uno tomó su rumbo. Yo preferí cazar en un campo donde había una alfalfa vieja mezclada con paja brava y otras malezas, ideal para la reproducción de la perdiz. Esa parcela quedaba a la margen derecha del río Segundo, que dicho sea de paso estaba bastante crecido. Entré al campo por el lado del este, rodeándolo a medio viento. Cuando llegué al extremo norte, tomé hacia el oeste costeando el río, con la intención de tomar más al medio del campo, pensando en que si salía una perdiz con dirección al río, corría el riesgo de que cayera al agua y perderla. No tuve tiempo de cumplir con lo pensado porque inmediatamente el Black hizo una impresionante parada que la perdiz no retuvo mucho tiempo, y al levantar vuelo, lo hizo en dirección al río. Instintivamente encaré la escopeta y disparé lo más rápido que pude, pero no fue suficiente. porque aunque el disparo dio en el ave , al no quebrarle el ala siguió volando hasta desplomarse en medio del río. Y ahí vino el arrepentimiento y el “mea culpa”. Sin embargo, el Black, valientemente salió corriendo detrás de la perdiz y tirándose por un barranco, se introdujo en el agua y nadando denodadamente interceptó el ave que venía arrastrada por la correntada, tomándola en sus fauces y portándola correctamente. Esa proeza no solo merece citarla como producto de su pasión venatoria sino por su instinto e inteligencia. Lástima que en ese momento no llevaba la filmadora para documentarla, pero quedará para siempre en mi recuerdo.
Cuando de regreso llegué al auto, apenas pude enseñar la perdiz mojada como prueba de la hazaña del Black, Todos estaban atendiéndolo al Paul, especialmente Armando, que como médico se encarga siempre de llevar un botiquín de primeros auxilios y estaba aplicándole una inyección de decadrón. Al perro lo había picado en el labio una víbora yarará y tenía la cabeza hinchada. Como el tratamiento requiere también suministrarle el suero antiofídico y no disponíamos en ese momento por lo difícil de conseguir y reponer el ya vencido, dispusimos llevarlo al pueblo para ver si lo atendían en alguna veterinaria. Como tampoco tenía el suero, nos recomendaron ver a un cazador que posiblemente lo tuviera. Por suerte disponía de dos ampollas que nos la facilitó con la condición de reponérsela en la próxima visita a la Villa. Así lo hicimos y...... el Paul se salvó.

ANÉCDOTA N° 30


Muchas veces fuimos a Santiago Temple, porque existía la posibilidad de hacer una cacería variada de perdiz chica, montaraz, martineta y liebre en diversos campos. Esta vez volvimos a la casa de Don Zenón. Con el auto nos desplazamos a otros campos adyacentes en busca de mejor cacería y por sugerencia del propio Zenón llegamos al campo de un tal Alcaraz. Es un hombre muy “quisquilloso”, que no deja cazar a nadie, pero ustedes díganle que están parando en mi casa, agregó Don Zenón. Efectivamente, tal cual ocurrió cuando llegamos para saludarlo. “Acá el único que caza soy yo. Me siento a tomar mate en el caminito que hay entre la chacra y el monte y desde allí le tiro a las montaraces cuando cruzan de un lado al otro”. Haciendo uso se la diplomacia no le dijimos nada sobre lo antideportivo que es cazar de ese modo, conocido en el argot de los malos cazadores como: “ cazar al pí-pí “, y enseguida nos pidió unos cartuchos. El doctor Masoni le preguntó de qué calibre era su escopeta, y le respondió: del 16, ya se la muestro. Después que la tuve en mis manos le dije : le voy a dar un consejo: No tire más con esta escopeta, es una “Damas Fin”, sus cañones son de alambre y no están probados para usar cartuchos cargados con pólvora sin humo y si los usa corre el riesgo de reventarse. Entonces respondió levantando la voz: ¡Señor, esto está hecho con material de antes, qué se cree ! Yo ya he tirado mil tiros y nunca pasó nada. Y le contesté: en el mil uno puede pasarle algo. Menos mal que pudimos justificar no poderle dar cartuchos porque tanto Ezio, Armando y yo usamos para cazar escopetas del calibre 20. Saludamos prometiéndole que en una próxima visita le traeríamos del calibre 16. Y al retirarnos para seguir cazando, comentamos : Sería bueno darle una lección de ética deportiva cargando unos cartuchos livianos con mijo en lugar de municiones.

ANÉCDOTA N° 31


Benito Fontirroy, hermano de Juan, nos invitó a cazar en su campo que posee en Santa Rosa de Río Primero, con el objeto de hacer una cacería mixta de perdices y chancho del monte, o sea el pecarí. En esta partida, además de los habituales, se acoplaron René, esposa de Armando, Miki, sobrino de Ezio y Raúl, mi ex yerno. Cuando llegamos al campo, Benito nos comentó que al amanecer había visto pasar varios pecaríes de un monte al del frente, al otro lado del camino, por eso creyó conveniente ir a buscarlo en el lugar que seguro están. Mientras hacíamos este comentario, llegó el Chacho Camargo, amigo de Benito, con otros compañeros y la jauría de perros, entre los cuales se encontraba un chusco pelo corto con un mapa de cicatrices en su cuerpo. Como nos llamó la atención le preguntamos si también lo llevaría para batir el monte. De inmediato nos contestó diciendo: por supuesto, si es el mejor perro para empacar el chancho. Se llama “Forastero“, y las cicatrices son las pruebas más visibles de su valentía. Dicho esto, rumbearon con la jauría al monte indicado por Benito. Mientras hacíamos un compás de espera, se acercó el Mki, y dándome un cartucho cargado por él, con postas. Me dijo que lo probara, que era muy bueno. Y yo, agradeciéndole su atención, lo puse en el primer caño de mi escopeta calibre 20, mono gatillo. Al rato nomás, desde el monte comenzó a oírse los ladridos de los perros y nosotros, desde los puestos de espera que habíamos adoptados en la cuneta del camino haciendo de parapeto, aguzamos los sentidos, observando la salida del monte. Enseguida aparecieron dos pecaríes, unos de ellos se paró , husmeó y retomando el trote se dirigió hacia su derecha justo donde ya estaba apostado. Como el viento norte me daba de frente me favorecía, por eso no me descubrió. Cuando se acercó a unos cinco metros mío, me levanté de golpe sorprendiéndolo. Al quedarse parado, me ofrecía un blanco inmejorable. Le apunté entre el cuello y la paleta, apreté el gatillo e hizo un tiro flojo y retardado lo que impidió recargar el disparador del segundo caño que se carga por inercia. El pecarí emprendió una rauda carrera con dirección al otro monte, pero Raúl que estaba cerca mío y al grito de ¡dale vos!, le descerrajó dos disparo con la del 16. Uno con posta que no dio en el blanco y otro con breneke que le pegó en la pata trasera a la altura de la columna vertebral, quedando así mal herido. No obstante pudo entrar al monte arrastrando los cuartos traseros. Mientras tanto Raúl, sin cartuchos y la escopeta descargada, salió corriendo detrás, al grito ¡ es mío, yo le tiré! Cuando vi que él también entró al monte, enseguida cargué mi escopeta con unos cartuchos alemanes que yo había preparado con postas y breneke, siguiéndolo porque sabía el peligro que corría si lo enfrentaba estando el animal herido. Llegué justo cuando el pecarí mostrando toda su furia con el tableteo de sus dientes y sus afilados colmillos, se le acercaba a Raúl y éste sin saber que hacer comenzó a palidecer. Cuando el animal me vio a mí, derivó su marcha y me enfrentó. En ese preciso momento encaré mi arma recordando donde debe apuntarse cuando una presa de esa naturaleza se te viene de frente, es decir, hay que tirarle en la base del cogote y nunca a la cabeza, porque la estructura ósea oblicua y su dureza, hacen que las municiones o balas resbalen en su hueso en lugar de penetrar en el mismo. Fue tan preciso el tiro que el pecarí quedó fulminado.

 

 

ANÉCDOTA N° 36

El Dr. Oscar Avendaño, un amigo a quien yo aprecio mucho, nos invitó ir a cazar en un campo de Los Reartes, donde él tiene como familiar a una Tía radicada en ese pueblo, llamada Carmen Muiño, la que con mucho gusto nos recibiría a almorzar. Fuimos de la partida, Armando, el Dr. Masoni, Avendaño, Cuel y yo. Después de saludar y recibir todo tipo de atención, nos enteramos que su tía era ciega, pero aun así, se desempeñaba con increíble seguridad. Cumplido dicho protocolo, nos fuimos a cazar a unos campos aledaños conocidos por Oscar y a la tarde, después de almorzar, descubrimos un loteo semi abandonado, cubierto con un hermoso pajonal donde cazamos muy bien, gozando del hermoso paisaje que nos brindaban las sierras y sus estribaciones. Al atardecer, terminada la cacería, regresamos todos al auto. Entre charla y charla, cada uno desarmó y enfundó su escopeta y demás bártulos y emprendimos el regreso a casa no sin antes saludar y agradecer todas las atenciones recibidas de parte de la Tía Carmen. Al rato no más de haber llegado a mi casa, suena el teléfono. Era Ezio que hablaba, muy afligido, para darme la triste nueva de que se había olvidado su escopeta desarmada en el campo, sobre una planta de poleo. Enseguida le dije que no se preocupara, que ya mismo iríamos a buscarla, porque antes de partir de regreso, vi a un boyerito de a caballo que pasaba por allí, y seguramente que él la encontró y se la llevó a su casa. Me contestó: No te moleste, mi sobrino Miki me va acompañar. Esa misma noche, después que volvió de Los Reartes, me dijo que efectivamente el boyerito la encontró y la llevó a la comisaría. El Comisario antes de entregármela, me sometió a un hábil interrogatorio que contesté rápidamente diciéndole: “Es una escopeta calibre 20, marca Franchi, modelo Cóndor. Al dármela me dijo: lo felicito, es un arma muy fina, ha tenido suerte en recuperarla. Y yo le contesté: lo mismo le digo a Usted por su honradez y la del boyerito. 

 

ANÉCDOTA Nº 37 

Después de los perros pointer y braco Alemán, tuve dos Bretones de los cuales puedo hablar de sus cualidades, virtudes y defectos por experiencia propia y ajena. El primero lo adquirí por gentileza del Dr. Masoni quien a su vez obtuvo uno para él de la misma cría. El mío se llamaba “Toby”. Los padres de los cachorros eran de origen italiano, según su propietario de la misma nacionalidad. Hago esta disquisición porque, en realidad el origen de la raza de estos perros se produce en la Bretaña francesa y no en otros países como Italia y España que simplemente lo han adoptado. Estos perros se caracterizan por ser muy dóciles y afectivos con el amo. Pueden convivir con la familia, inclusive en lugares reducidos. Es inteligente y valiente, no obstante su pequeña talla. Se lo utiliza también como perro de agua. Desde el punto de vista cinegético, le llaman “el perro morralero”, por la perseverancia y seguridad en la búsqueda. Sin embargo, por su talla pequeña y su estilo, dista mucho de la forma y elegancia con que el pointer y otros perros baten el campo con paradas espectaculares, dignas de ser reproducidas escultóricamente por Lidia o Rodin. Ahora, paso a relatar las anécdotas que confirman lo dicho anteriormente. Cuando fuimos con Masoni a cazar a Etruria, invitados por Francisco Caballo y Mario Cuadrado, llevamos los dos bretones. Después de batir un campo plagado de abrojo y cadillo, los perros quedaron con sus mantos de pelos llenos de esas malezas. Esa noche, en el hotel, el Doctor Masoni, todo afligido, pretendía quitárselos con un peine. Entonces Cuadrado, que también cazaba con un bretón, le dijo: “No Doctor, déjelo así que él mismo esta noche se los saca a todos”. Yo, que tenía el mismo problema con mi perro, incrédulo y en tono interrogante le dije: Estás seguro. Segurísimo, me contestó. Y así fue. Ninguno de los perros presentaba, al día siguiente, signo de haber tenido abrojos ni cadillos. Les cuento otra. Una vez fuimos a cazar a lo de Benito Fontirroy en Santa Rosa de Río Primero. Benito nos dijo que además de cazar en su campo podíamos hacerlo en el del vecino. Que si nos venía a sacar le dijéramos que estaban parando en mi casa como amigos. Y así sucedió. Cuando entramos en el campo ajeno, el vecino vino a sacarnos junto con una jauría de perros de gran porte, ladrando con signo de poca amistad. Cuando estuvieron más cerca y con apariencia de atacantes, el Buck el otro bretón de mi propiedad, los enfrentó gruñendo, haciéndolos recular. En otra ocasión hizo lo mismo para defender mi ropa y las perdices que yo había dejado en el suelo, cuando alguien se arrimaba a ellas. Así queda demostrada su valentía y fidelidad anunciada anteriormente.
la misma Villa. Éramos de la partida, Armando, Masoni, Carlos Emilio y yo. Siempre al llegar los Brizio nos esperaban con café, queso y salame caseros. Con la carne que llevábamos nosotros, se encargaba de hacer el asado al cual su señora le agregaba para el almuerzo un suculento pollo de chacra al horno con abundantes papas. Todo eso “rociado” con un buen vino. Nos están envidiando, ¿no? Armando y Masoni rumbearon para el este y Carlos, que se había quedado sin perro, y yo para el oeste. Después de caminar un trecho sin que se levantara ninguna perdiz, arribamos a un pajonal con alfa vieja, ideal para la perdiz chica. En efecto, allí las encontramos. 

Como en ese momento yo tenía la Diana, una perra pointer, bisnieta del Black, cachorra que estaba adiestrando, se alejaba mucho, en consecuencia las perdices que no retenían la parada, se levantaban lejos sin poderle tirar. Los perros jóvenes, cuando toman confianza en el campo, adquieren esa costumbre y hay que frenarlos. Sobretodo el pointer, que fue creado para una búsqueda a gran velocidad. Por eso, yo llevé una soga bastante larga para atársela al collar y así poderle quitar esa costumbre hasta que lograse firmeza y retención o espera en la parada. Seguimos cazando con ese inconveniente hasta que de repente, sin saber de donde provenía, apareció un hermoso pointer blanco y negro por detrás nuestro a gran velocidad y a unos veinte metros más delante de nosotros hizo una parada espectacular. Enseguida Carlos, a los gritos, me dijo: Tío, es un perro fantasma, mira que bien trabaja, adoptémoslo. Teniendo en cuenta que no obedecía a ninguna orden y tampoco conocíamos su nombre, para aprovechar su “colaboración”, decidimos acollarar los dos perros, sujetándolo de la misma soga. Así, pudimos hacer una buena cacería entre ambos, al final de la cual lo dejamos nuevamente en libertad para que volviera al hogar de su amo. Cuando llegamos a la casa, hicimos el consabido comentario del caso y le preguntamos a Brizio si sabía quien era el dueño del perro fantasma, respondiendo que no. 

 

ANÉCDOTA N° 39    

                                                                                                                                                                                                                                                                                            

En una reunión de la Comisión Directiva  de APYCAC, conocí al señor Dante Merenciano, propietario de una estancia en Laborde, y antiguo socio de la mencionada Institución deportiva. Yo era a la sazón Presidente de la sub. Comisión de Caza y Tiro del mismo Club. Al finalizar la reunión, me invitó muy gentilmente a realizar con mis amigos una partida de caza de alas coloradas en los campos de su Estancia. Para el próximo sábado de esa misma semana, nos pusimos de acuerdo con él, Armando y Cuel para efectuar el viaje, con la consigna de seguirlo  hasta Laborde y de allí al casco de la estancia. Cuando llegamos, nuestra sorpresa fue mayúscula, pues nos encontramos con un enorme edificio, cuyo estilo arquitectónico era similar al castillo de Versalle. Nuestra admiración no se detuvo allí. Cuando entramos, nos sorprendió la gran amplitud del salón comedor con tres largas mesas, cubiertas con manteles blancos bordados, sobre los cuales yacían una enorme  cantidad de copas de cristal de bacará y murano para distintas clases de bebidas. Casi todas usadas y puestas en un desorden total. Además, completando el cuadro, había platos, botellas de coñac y de güisqui, ceniceros, y floreros a doquier.Nos imaginamos enseguida que lo que estábamos viendo eran vestigios de una fastuosa fiesta. Pegado a las paredes laterales, había grandes aparadores conteniendo todavía algunos utensilios de comedor. En las paredes del frente, pendían algunos cuadros de pintores famosos que recordaban los de Deports en los salones de Versalles. Cuando nos hizo pasar a los dormitorios, quedamos admirados por la cantidad de ropas de cama que había en los placares, con las cuales cada uno debía armarse la suya, porque no había personal para hacerlo, según nos dijo. Solo estaba en actividad el capataz de la estancia que después nos lo presentó. Al día siguiente, luego de tomar el desayuno preparado por el propio capataz, nos fuimos a cazar. En medio del campo, a unos trescientos metros del casco de la estancia había hermosa laguna con todas clases de aves acuáticas. Ese mismo día, sin percatarnos de su presencia hasta la hora del asado, llegaron dos invitados más. Eran los doctores Saco y Ortiz, médicos de Córdoba, que también habían sido invitados como cazadores.                             Luego de caminar un buen rato sin que se levantara ninguna colorada, decidí arrimarme a la laguna para darle de beber a  mi perra Lady, que estaba muy cansada y entrada en años. Antes de llegar, cruzando un sembradío de zapallos, la perra hizo una parada muy firme, luego se levantó la primera colorada, después una segunda y por último la tercera que también la derribé pero con el segundo disparo. Estaban comiendo las semillas de los zapallos. Esa fue toda mi cacería del día. Cuel y Armando también cazaron algunas. Merenciano había salido con la camioneta a recorrer el campo y vigilar el ganado, portando un rifle calibre 44 con el cual cazó un ñandú, cuyos alones y muslos lo comimos esa noche a la parrilla, junto al asado de tira que trajimos de Córdoba.  El capataz se encargó de hacer el fuego y el asado. La verdad es que lo hizo muy bien y lo compartimos entre todos haciendo una verdadera reunión de camaradería  Merenciano se excusó por estar muy cansado y pidió permiso para irse acostar. El grupo se quedó jaraneando y contado cuentos y anécdotas de su vida, hasta que le preguntamos al capataz, en tono confidencial, si Merenciano tenía hijos y nos dijo que tenía uno solo, que era varón, al mismo tiempo que sonrió picarescamente. Entonces Cuel, requiriéndole más confidencias, le preguntó la edad, si era casado o no y a qué se dedicaba, y el capataz se explayó diciendo: El niño Dante ya tiene más de treinta años, no es casado y creo que no se va a casar nunca, porque según dicen “le falta herramienta para eso.” Cómo, cómo, preguntó Cuel. Y continuó expresando: Fíjese, nunca quiso saber nada con las mujeres, y eso que tenía muchas pretendientes; hasta le trajeron candidatas de Francia, mujeres muy bonitas y no pasaba nada. Después de tan prolongada charla de sobremesa, nos fuimos a acostar. Ala Mañana siguiente desayunamos junto con Merenciano y los Doctores Saco y Ortiz quienes se quedaron para seguir cazando. Antes de irnos agradecimos a Dante todas las atenciones recibidas y él nos expresó el gusto de habernos conocido, reiterándonos la invitación a una próxima visita la que por distintas circunstancias no pudimos cumplir.